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Opinión | Las cuentas de la vida

Sociedades rotas

Una sociedad democrática exige un cierto equilibrio social que no debe perderse bajo ningún pretexto. A su vez, necesita un dinamismo que equivale humanamente a la esperanza

Un joven con una bandera de Palestina, el día de la etapa 21 de la Vuelta Ciclista a España en Madrid

Un joven con una bandera de Palestina, el día de la etapa 21 de la Vuelta Ciclista a España en Madrid / Jesús Hellín | EP

El final del verano ha prendido de nuevo el fuego político. Cada línea de discusión se ha convertido en un espacio de lucha. Lo que no sirve para el combate no interesa y se aparta. Mientras tanto, el malestar social se acrecienta y los grandes problemas de fondo quedan sin resolver. Pedro Sánchez ha detectado que la tragedia en Gaza puede desempeñar un papel similar al de la guerra de Irak y sigue elevando el tono de su discurso. El PP, por su parte, confía en que la acumulación persistente de casos de corrupción termine por doblegar la resistencia del gobierno socialista (o de alguno de sus socios parlamentarios). Soy escéptico al respecto. La confrontación se ha instalado en el ámbito del debate público español y una muestra de debilidad ya no sería entendida por el electorado. Hay, además, nuevos factores en juego que pueden modificar el tablero de juego. El envejecimiento demográfico, por ejemplo, junto a la creciente tensión generacional que se ha manifestado estos últimos meses en redes sociales. Es una controversia que no irá a menos, conforme el incremento de las pensiones siga capturando porciones mayores del presupuesto. De ahí se deriva la necesidad de seguir subiendo los salarios de manera decidida; y no solo el mínimo interprofesional. Otro factor a tener en cuenta son los nuevos españoles con derecho a voto: ya sean los jóvenes autóctonos, ya los inmigrantes nacionalizados. Su participación suele ser escasa; pero cabe pensar que, en un contexto de polarización fuerte, se pueden movilizar en mayor medida. ¿Hacia dónde se dirigiría su voto? Tal vez a ninguno de los partidos centrales de nuestro arco parlamentario.

Por supuesto, todo es imprevisible y nada se puede juzgar sin una mínima mirada hacia el exterior. El cruel asesinato de Charlie Kirk en Utah nos sitúa ante un mundo en el que el debate ideológico se confunde con la ira y con la violencia. La provocación de Rusia en Polonia acrecienta el riesgo de un conflicto abierto con la OTAN en la frontera oriental de Europa. La guerra híbrida se juega siempre en ese límite entre lo posible y lo imposible, entre el accidente y la ocultación. Las tensiones en Oriente Próximo no han disminuido tras el ataque a las instalaciones nucleares de Irán, sino que se han extendido esta semana a Qatar, un aliado regional de los Estados Unidos. China continúa siendo un enigma silencioso que se mueve a la sombra de un nacionalismo muy antiguo. En Breakneck, uno de sus ensayos fundamentales, Dan Wang sugiere un futuro en el que el modelo político chino –un imperio gobernado por los ingenieros– supera a unos Estados Unidos declinantes en manos de una legión de leguleyos. La proyección de Pekín sobre Europa, África y la América hispana no hará sino aumentar en estas próximas décadas. Nada de eso es inocuo.

¿Cómo responderá la Unión Europea a esta coyuntura internacional endiablada? Se diría que con ansiedad, con un reflejo de inseguridad ante un mundo cambiante y a menudo inexplicable. El incremento del gasto militar irá de la mano de próximos recortes presupuestarios, lo cual a su vez incidirá en el bienestar de las capas más desfavorecidas de la población. No es un tema menor. Una sociedad democrática exige un cierto equilibrio social que no debe perderse bajo ningún pretexto. A su vez, necesita un dinamismo que equivale humanamente a la esperanza. Lo que ahora tenemos es un cóctel de malestar, miedo y resentimiento. ¿Qué futuro les espera a las naciones rotas?

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