Opinión
Alcaraz recibe los mismos elogios que Nadal
A falta de decidir si se ha producido la igualación en la pista, el murciano ya es el depositario de las virtudes eternas de tinte patriótico que también encarnaba el mallorquín
La solemne promesa de abandonar el tenis como espectador con la retirada de Rafael Nadal no debe cancelarse ni por la trayectoria estelar de Carlos Alcaraz. Se acabó el estado de excepción de veinte años sometido al calendario de la raqueta, en el deporte más aburrido e interminable del planeta según demuestra la migración masiva al pádel y el pickleball, que incluye a los centros educativos del campeón mallorquín. De ahí que las autoridades tenísticas porfíen por acortar los enfrentamientos.
En la comparación más sacrílega y definitiva, es preferible leer un libro a soportar la odisea de dos seres humanos que se sacuden a la distancia suficiente para que su gresca sea inofensiva. Por suerte para los rivales del felino Nadal, todo sea dicho. Sin embargo, la eclosión fulgurante de un sucesor amenaza los propósitos más resueltos. Ya no se debate si Alcaraz alcanzará algún día las cumbres olímpicas de su predecesor, ahora se plantea si alguna etapa del precursor puede equipararse en brillo a su continuador.
Los seres humanos están más adiestrados para las caídas que para los ascensos, de ahí el mantra de los hijos que vivirán peor que sus padres. La afición estaba preparada para llorar durante años la ausencia de un mito de la raqueta, al igual que ocurre en la depauperada selección de baloncesto que ha logrado rebajar la posición de España en el ranking político europeo. Por eso mismo, suena catastrófico reducir a Nadal a la talla de Santana/Orantes/Bruguera, que sumados no le llegan a la suela de los zapatos.
Se ha olvidado aquí deliberadamente a Juan Carlos Ferrero, un campeón obligado a sufrir el big bang de un fenómeno de la naturaleza surgido por generación espontánea. Como entrenador de Alcaraz, el ganador de un Roland Garros ha culminado la venganza sucesoria del mallorquín que le había destronado. Las miradas que el entorno del valenciano le dedicaban al adolescente Nadal desde el palco competían en fiereza con la rabia despechada de Mirka Vavrinec, la esposa de Federer que fue la primera en advertir que su marido debía compartir el trono, camino de perderlo.
Dada la inestabilidad de los escenarios futuros, hay que concentrarse en las evidencias actuales. Por ejemplo, en que Alcaraz está recibiendo los mismos elogios genéricos que Nadal, calcados. A falta de decidir si se ha producido la igualación en la pista, el murciano ya es el depositario de las mismas esencias patrióticas que también encarnaba el mallorquín. Y que, por cierto, se consideraban insuperables en el grado máximo conseguido por el predecesor.
El deporte es de derechas. Los grandes atletas millonarios educan a sus hijos en centros privados, por expresarlo en el lenguaje de Podemos. Por tanto, a nadie le extrañará que los ditirambos heredados por Alcaraz encajen en la órbita conservadora. Dignidad, respeto, esfuerzo, integridad, resiliencia, que cada cual engrose el repertorio a voluntad, sin salirse de los cauces de la ortodoxia. Rebeldía, disconformidad y locura no encajan entre los valores que pueden ser contenidos por una bandera, así que quedan fuera del menú.
Conviene despejar la obsesión ideológica, no todo es política. La concentración excesiva en igualar a Nadal y Alcaraz por la vía del elogio casposo, un sesgo habitual en el gremio periodístico, delata asimismo un cierto desconocimiento de la disciplina tenística. El deporte se ha hecho tan inabarcable como la ciencia, ni los cerebros más privilegiados pueden aspirar a abarcarlo en su totalidad, y menos a clasificar a sus principales practicantes. Peces fuera del agua en cuanto se les saca del fútbol, los editorialistas se refugian en los tópicos que servirían igualmente para un tenista que para el ganador de unas elecciones generales. Siempre que fuera de derechas.
«Fenómeno», «contagioso», «ejemplar», «talentoso, «carismático», «electrizante», «potente», «desafiante», «con personalidad», «une al país». Este párrafo debería figurar en la sección de pasatiempos, para deslindar las virtudes adjudicadas respectivamente a Nadal y a Alcaraz. En efecto, son términos indistinguibles y carecen de la mínima utilidad para explicar a sus depositarios. Sin embargo, estos calificativos rutinarios son reales y rubricados por expertos acreditados. El círculo vicioso se cierra cuando el mallorquín se refiere al murciano como «mágico». El escapismo adjetivado, la pereza analítica.
No son hipérboles desinteresadas, todo sea dicho. Los heraldos ya no aspiran a agradar al dios aislado en su burbuja, se conforman con una caricia de su jefe de prensa, su coordinador de redes o su masajista de glúteos. En cuanto a los receptores de esta papilla indigesta, los campeones no tienen la mínima intención de servir de modelos. Mientras se les califica de aglutinantes de la Nación, ellos piensan en la fiesta que disfrutarán en Ibiza, y en compañía de quién. En efecto, la isla hermana a Alcaraz y Lamine, los nuevos portaestandartes del país.
Los adjetivos se mustian a mayor velocidad que la hoja caduca. Los glosadores reverdecerán las mismas expresiones a cada temporada. El creador de la mitomanía deportiva, inigualable Michael Jordan, sabía que la única clave de su divinidad era el dinero. Por eso ha mejorado sus ganancias tras la jubilación.
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