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Opinión | En aquel tiempo

Tiempo de memoria

Cuando vas más allá de los ochenta, parece que la vida atosiga de tal manera que solamente te queda la memoria como capacidad de «mantener el futuro». Apenas «haces cosas nuevas», porque casi todo lo que llena tus días son entretenimientos para llenar decorosamente las horas que se acumulan. No se trata de que tales cosas carezcan de relevancia, pero carecen de aquella capacidad de innovación de años atrás. Y en tales momentos, sobre todo en algunos muy determinados, paras el carro de los días y dedicas un tiempo largo y sereno a «hacer memoria de lo vivido». Porque, en definitiva, es lo único que tienes de verdad. Porque lo vivido no ha pasado sin más, puesto que permanece en ti mismo como ladrillos consistentes de tu propia identidad. Así es como recordar es crecer un poquito más. Para evitar la displicencia de la vejez absoluta. Es mi caso. Resulta que estoy al borde de los 85 tacos. Nunca pensé o imaginé alcanzar tal cota de permanencia en este mundo, en absoluto.

Y ahora, cuando es evidente que es una realidad, descubro que solamente me construyen interiormente vivencias como recuerdos, es decir, «relámpagos de memoria», como instantes maravillosos de un gran relato que llamamos, sin más, «vida». Mi vida, ahora, es mi memoria, sin que apenas sea capaz de añadir algún episodio más. En todo caso, una memoria llena de interrogantes: ¿Quién ha sido realmente yo a lo largo y ancho de esa memoria que se hace protagonista de todo? Permítanme repasarla «grosso modo».

Es una memoria densa, de tal manera que se me hace difícil ponerla por orden ni cronológico ni sustantivo, porque siempre aparecen rasgos y detalles que conmueven lo previamente memorizado. Es decir como mi memoria de mí mismo es muy superior a la capacidad inventiva de mi presente, y en consecuencia de mi parco futuro. Pero en esa bruma de personas, sucesos, deseos, éxitos y fracasos, dioses y hombres, y cuanto aparece como «sucedido a mí», destacan, como no, personas que dan sentido a esta densidad existencial y la iluminan como signos de esperanza. Solamente citaré a cinco personas y a tres colectivos.

De una parte, mi madre, que me enseñó a rezar como quien respira, y de otra, mi padre que me inculcó el valor supremo de la eticidad. Sin ellos y tales educaciones, no sería el que soy. Más adelante, Pedro Arrupe, quien me regaló una forma de ser jesuita diferente por conjuntiva: ser hombre para los demás. Mientras tanto, Nazzareno Taddei, quien me habilitó para comprender el cine como instrumento de comunicación y evangelización. Y en fin, Andrés Ferret, siempre cercano, siempre preguntón, siempre interrogante desde una casi impertinente ironía. Cómo lamenté su muerte, tan prematura como injusta. Tuve que escribir un volumen para responder a tantas cuestiones como quedaron pendientes. Y por supuesto, tantas personas más que sobreviven como «memoria afectiva» y pendiente.

Pero puede que lo más constructivo de mi memoria sean estos tres colectivos, que han configurado mi estructura personal, tanto en lo intelectual como en lo afectivo. En primerísimo lugar, los años pasados en el Colegio Montesión. Allí me socialicé con tipos estupendos y maestros relevantes, pero sobre todo adquirir referentes personales para el futuro. Una cultura del esfuerzo, un espíritu de religiosidad, y, sobre todo, el descubrimiento de la Compañía de Jesús, que acabó por seducirme y acabé en sus filas. Y junto al Colegio de Montesión, el ambiente familiar, lleno de espléndidos amores y algunas reticencias, que sostuvieron mi adolescencia. Y en fin, el colectivo encontrado en El Salvador, cuando comprendí que «no lucharemos de verdad por la justicia, sin pagar un alto precio». Palabras que estaban sobre las tumbas de mis compañeros mártires. Tres colectivos en cuyo seno maduré y, como se dice, «me hice hombre», persona, adulto, crítico y esperanzado. Mi propio colectivo.

Tanta memoria suele desbordarme, y mucho más ahora, cuando como ya escribí, solamente me queda memoria. Memoria agradecida, porque, en general, la vida me ha tratado muy bien, es verdad que arriesgando cada día más, en muertes y resurrecciones. El mundo que actualmente me rodea y del que formo parte, es absolutamente distinto al de mi infancia y adolescencia, pero es el que hay, y a tal mundo tengo que responder… con mis parcas posibilidades. Las que me permita esta época que suele llamarse de «mayores», «jubilados», «prescindibles», «peso muerto», pero también comienza a escribirse sobre «las necesarias aportaciones de los abuelos». Que está por construir. Pero el hecho de que cada vez seamos más, obligará a «darnos algún trabajo» para que no resultemos demasiado caros socialmente.

Al borde de los 85, mi memoria es un gran tesoro. Ojalá, además de lo ya escrito, tenga un corazón lleno de nombres, como decía el gran Casaldáliga. Porque los nombres son personas. Y las personas son eternas. Y como permanente fondo, al mar a mallorquín al atardecer desde la terraza de Montesión. Siempre me encontrarán ahí. A pesar de todo. Y de todos.

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