Opinión | Tribuna
El cambio de modelo de turismo

Turistas en Palma a finales de agosto. / Manu Mielniezuk
En los años 50, Mallorca era una tierra donde la agricultura y la pesca sostenían la vida cotidiana y muchas familias. La llegada del turismo transformó esa realidad, en pocas décadas la isla se convirtió en un destino de referencia mundial, capaz de generar prosperidad, empleo, oportunidades y un modelo a seguir.
Ese salto no fue casualidad, sino fruto de un modelo económico que ha demostrado una extraordinaria capacidad para crear riqueza.
El turismo no solo sostiene a los hoteles, los ingresos que genera benefician al pequeño comercio, al transporte, a la construcción, a la agricultura, a la cultura y a todo el tejido de servicios de la isla. A través de impuestos como el IVA, la ecotasa, el IRPF, IS o ITP en la compraventa de viviendas, la comunidad autónoma obtiene recursos que se traducen en servicios públicos que disfrutamos todos: sanidad, educación, infraestructuras, seguridad, etc.
Es legítimo reflexionar sobre cómo garantizar un turismo sostenible y compatible con la calidad de vida de los residentes. Pero conviene hacerlo desde el realismo, el turismo es el principal motor de nuestra economía y, como muestran experiencias en otros lugares, un cambio brusco o mal planificado puede tener consecuencias muy difíciles.
Los procesos de reconversión económica rara vez son indoloros, y casi siempre afectan con mayor dureza a las familias que más dependen de los empleos directos e indirectos que genera el sector. España no tiene un buen track record en gestionar transiciones. La reconversión naval, el cierre de los altos hornos o la del carbón son ejemplos claros. No somos buenos reconvirtiendo modelos de negocio maduros hacia alternativas, y lo que se plantea para Mallorca no es una excepción. Pretender que esta transición sea indolora es ingenuo, lo más probable es que sea muy difícil o incluso traumática, con consecuencias que pagarían, sobre todo, las familias que menos dependen del turismo.
El reto, por tanto, no es renegar del turismo, sino gestionarlo mejor, diversificar la oferta, apostar por la calidad, reforzar la sostenibilidad y encontrar un equilibrio que permita seguir siendo competitivos sin comprometer nuestro entorno ni nuestro bienestar y lo más importante no dejar a nadie atrás.
Un cambio de modelo improvisado y sin un plan realista puede destruir a mucha gente, y no precisamente a los que más tienen, sino a miles de familias que dependen directa o indirectamente del turismo. Basta mirar lo ocurrido en otras islas donde sus jóvenes se ven forzados a emigrar por la falta de oportunidades, tras rechazar el turismo.
Mallorca no sería lo que es hoy sin el turismo. Nos abrió al mundo y sigue siendo la base de nuestras oportunidades. El desafío está en cuidarlo y adaptarlo con inteligencia, para que continúe siendo fuente de orgullo y de prosperidad para las próximas generaciones.
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