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Opinión | Tribuna

Alzheimer social

Alzheimer social

Alzheimer social / GettyImages

Es curioso observar cómo, poco a poco, sin apenas ser conscientes de ello, nos estamos convirtiendo en seres desmemoriados. Algunos por el simple paso del tiempo que hace mella en nuestros cerebros, y otros, por simple desidia intelectual.

La memoria es, en pocas palabras, la facultad de retener y recordar el pasado, conservar recuerdos y traer al presente datos y hechos que ya han ocurrido. Existen diferentes tipos de memoria: la memoria selectiva, la sensorial, la fotográfica, la memoria a corto y a largo plazo, la memoria emocional, la memoria de elefante o la de pez… Lo cierto es que, la memoria no solo nos permite retener conocimiento, sino que también nos conecta con nuestra propia identidad.

Y en este orden de cosas, reflexiono y me pregunto, junto a mis lectores, si perder la memoria, no implicaría de algún modo perderse a uno mismo. Porque como dijeron algunos pensadores como Jorge Luis Borges, «somos nuestra memoria» y perderla implicaría renunciar a ser quienes somos, dejando morir en vida nuestra esencia. Sin memoria, no podríamos entendernos, como tampoco podríamos comprender nuestro presente, ni construir y proyectar nuestro futuro.

Pero… no solo los individuos pueden perderla, también las sociedades, la suma de individuos, que hoy más que nunca, corren el peligro de caer en la desmemoria o en la falsedad de la memoria selectiva, donde solo se quiere recordar la parte de la historia que conviene. Y aunque, el exceso de estímulos y noticias fugaces, al que estamos continuamente expuestos, ejercita y refuerza la memoria a corto plazo, lo hace a costa de dejar desatendida la memoria a largo plazo, aquella que nos permite comprender y dar sentido al conjunto de lo que vivimos, dejándonos ver el bosque por encima de cada árbol.

En este sentido, antes de que podamos asimilar una nueva noticia, ya aparece otra más reciente que eclipsa la anterior, y, con ello, en bucle, somos presos de la actualidad. De modo que la reciente dinámica de la inmediatez amenaza con reducirnos a vivir en un eterno presente, dejándonos arrastrar por el olvido rápido de todo lo sucedido con anterioridad. De algún modo, este es el juego con el que hábilmente nos tienen entretenidos nuestros ingeniosos políticos, para que, por arte de magia, no recordemos, el día que depositemos nuestro voto en las urnas, todo lo sucedido cuando, como dioses todo poderosos, se apoderaron de nuestras vidas y de nuestro futuro.

En síntesis, parece ser que vivimos eternamente atrapados en una gran paradoja: nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información y nunca antes habíamos olvidado tan rápido como hasta ahora. Los escándalos, la corrupción, las reformas políticas, las cesiones a los independentistas, la ineptitud en la gestión de lo público y de las crisis, apenas sobreviven unas horas en el ciclo informativo, hasta que una nueva noticia los arrastra al olvido. La memoria ciudadana se ha vuelto tan frágil, tan vulnerable que actúa como si sufriera una suerte de ‘alzheimer social’, una condición que abre la puerta, de par en par, a la impunidad. Urge, pues, recuperar la memoria colectiva y ello, exige un esfuerzo consciente; educar en pensamiento crítico, exigir periodismo de seguimiento y darnos espacios de análisis pausado frente al vértigo de la inmediatez. Solo así lograremos que la amnesia colectiva no nos condene a cometer, una y otra vez, los mismos errores.

«Aquel que no puede recordar el pasado, está condenado a repetirlo», Jorge Santayana.

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