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Opinión | Salida de Emergencia

Que te echo de menos

Reviso un mensaje y es 23 de agosto cuando esa nota en un ordenador es la salvación, aunque agosto sepa a fuego y huela a muerte

Un amigo me escribe: «¡Hala, maña, a ver cuándo vuelves a las columnas que te echo de menos!». Sonrío y le digo que en septiembre y por eso este artículo se lo dedicó a él, al gran Mariano Gistaín que me enseñó a leer la vida al revés y me sorprendió sacudiéndonos todas las moléculas de nuestro cuerpo a contracorriente, como quien quiere evaluar la nostalgia con las cosas no vividas para así no sentir el dolor ni la herida. Puro surrealismo. Pura bondad. Pura delicia mientras el mundo sigue patas arriba y él intenta ordenar el caos desde la armonía de las cosas insignificantes y que cada vez son más importantes: un saludo de bienvenida, un beso de agradecimiento, una foto robada a nuestra Zaragoza cuando atardece y nadie lo ve salvo Mariano o esa frase que destila ironía en un halo de pequeñas y minúsculas caricias.

Ojalá hubiera muchos marianos. Si hubiera más marianos el mundo sería mejor, porque lo que ves en sus ojos entraña el riesgo de saber que no alcanzaremos el sueño, pero alerta sobre esa bandera en el horizonte que contiene todos los enigmas que él quiere resolver con su amor, sus palabras entrecortadas y su risa minuciosa y larga para que tú te sientas menos sola y cada día un poco más importante, porque simplemente alguien te echa de menos que es la forma más hermosa de recordarte que aún te quedan muchas palabras por escribir.

El 23 de agosto él escribió: «Agosto se deshace entre burbujas inmobiliarias y de IA. Hay avidez cultural por el dinero y sus múltiples formatos: una nota en un ordenador, en una red, es una deuda o la salvación». Reviso su mensaje y es 23 de agosto cuando esa nota en un ordenador es la salvación, aunque agosto sepa a fuego y huela a muerte y se debata entre traernos un regalo con los últimos días del verano o agonizar ante las continuas convulsiones que sostienen el pulso de aquellos hombres que perdieron el ardor y la vida y se entregan cotidianamente a deshacer la esperanza. No atardece. Es infinita la luz de agosto, casi perenne, como el recuerdo de los veranos eternos y efímeros que ya no regresarán.

«¿Has vuelto?», pregunta mi madre que sigue soñando con hundirse en el mar como cuando era niña. «Sí. Se lo prometí a Mariano», le digo y ella que es feliz retuerce el estribillo de la vida y me da un beso tan largo y dulce como un 23 de agosto. Era verano.

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