Opinión | Desde el siglo XX
Ni Cristianismo ni Islam, laicismo en las calles
La defensa del laicismo en los espacios públicos es urgencia que ha de ser enarbolada por los poderes públicos ante el fanatismo rampante que impera por doquier

Imagen de archivo de uno de los rezos multitudinarios celebrados en el Germans Escalas por el fin del Ramadán. / B. Ramon
Barbie, película que destila con suma inteligencia ácido sulfúrico contra el machismo y excrecencias religiosas varias, ha sido censurada por un alcalde comunista (está en la naturaleza de los herederos de Lenin ciscarse en la libertad de expresión y las otras) aduciendo que su exhibición en plaza pública ponía en peligro la integridad de las personas ante las amenazas recibidas por parte de fanáticos islamistas. Ha ocurrido en la laica Francia. Ahí es nada. En el mundo musulmán, fue prohibida por atentar contra la moralidad pública o promover la homosexualidad. Coño, faltaría más. En España hubo un ayuntamiento gobernado por PP y Vox, el de Borriana, en Valencia, que se la cargó porque defendía el empoderamiento de la mujer. Y un suma y sigue inacabable. Barbie socava la moral impuesta tanto por el fanatismo cristiano, al que todavía hoy en Europa se tiene embridado a duras penas, como por el masivamente mayoritario en el mundo musulmán, en el que las libertades públicas, esencialmente la de expresión, son espejismo. En él es la Sharía, la ley islámica, la norma, y ya se sabe: ahí donde una religión, cualesquiera, impone su código de conducta moral, desaparece el derecho a discurrir libremente, a crear sin censura, a decir lo que a uno le venga en gana, incluso a blasfemar, que es derecho que no puede ser cercenado aunque indigne. En España, el artículo, el del odio contra los sentimientos religiosos, incorporado al Código Penal en mala hora por el presidente Rodríguez Zapatero, se deglute por Abogados Cristianos, excrecencia de la extrema derecha católica, conectada con El Yunque y, por extensión, con Vox, para brear, con la anuencia de no pocos jueces, a quienes osan sobrepasar los límites de lo que es su moral católica.
En eso estamos cuando vemos al Gobierno de España alinearse con la Conferencia Episcopal, lo que nos faltaba, a cuento de lo acaecido en Torrepacheco, las invectivas que Santiago Abascal, peculiar que no dé puntada sin hilo, ha dirigido a los obispos, no a todos, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, que llama «moritos» a los musulmanes, es de los suyos. Hay que revolverse ante lo que hace el Gobierno ayutándose con los obispos (no nos soliviantemos ante la bajada de pantalones con lo del Valle de Cuelgamuros, adefesio fascista, basílica «martirial» para la Iglesia católica, hay que joderse) cuando defienden el supuesto derecho de los musulmanes a celebrar sus festividades religiosas, la de la fiesta del cordero, algo así como la Pascua judía o la Semana Santa cristiana, en espacio público, un polideportivo.
Sucede que no deberían hacerlo, como los católicos no debieran apropiarse de calles y plazas para sus variadas procesiones y demás liturgias festivaleras. Las de la Semana Santa, más que celebración religiosa, es promoción turística de primer orden. De lo que se trata es de defender el laicismo, la neutralidad que ha de imperar en la plaza pública. El Gobierno, mejor que deje de hacer el canelo dándose ósculos con los obispos, que menudos son para meterla doblada, y ponga manos a la obra empezando por eliminar del Código Penal el artículo que a cuenta de la ofensa a los sentimientos religiosos lo que hace es cargarse la libertad de expresión. Lo han pagado caro algunos de los que creyeron tener asegurado el derecho a expresarse en libertad, como, y es solo un ejemplo, las de la procesión del coño insumiso. Refresquemos la memoria.
Barbie ha sido y es lección de hacer buen cine sin aparentar decir lo que está sugiriendo. Lo entendieron los clérigos musulmanes, los fanáticos católicos. Los primeros se la cargaron. En Francia un alcalde comunista ha hecho otro tanto. En España, la carga de la caballería de Vox, con la estúpida suicida complicidad del PP, va a por todas. Y el PSOE perdiendo votos a mansalva sin percatarse de que los ahuyenta con sus bobadas contemporizadoras.
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