Opinión | Luna de agosto
De un país en llamas
España es un país en permanente combustión que tiende a inmolarse para purgar sus pecados. Los devastadores incendios que sufre desde hace décadas son la trágica metáfora de ese constante viaje de ida y vuelta al purgatorio

Un bombero forestal trata de extinguir un incendio. / Europa Press
De un país en llamas es el título del tercer álbum de estudio de Radio Futura, cuyas canciones han conformado la banda sonora de esta serie de artículos agosteños junto a los trabajos en solitario de su líder y principal compositor, Santiago Auserón (Juan Perro su alter ego).
La idea era cerrar esta serie estival con una memoria sobre la fantasía y la imaginación que le echaban algunos guías a las anécdotas supuestamente verídicas contadas para solazar a los extranjeros que salen de excursión por nuestros enclaves turísticos (este periodista llegó a escuchar "las increíbles aventuras de Don Quijote y Sancho Panza" por un pintoresco municipio de la montaña de Alicante). En alas de la mentira o El tonto Simón habrían sido el acompañamiento óptimo para un artículo de esa índole, pero los devastadores incendios que un verano más han asolado el mapa geográfico español me trajeron a la cabeza el título de ese disco como alegoría del estado de combustión en que nos manejamos desde hace décadas España y los españoles, empeñados en desenvolvernos con toda naturalidad desde el interior de una pira.
Es lo esperable en esta época del año. En un sentido retórico, arde la calle al sol de Poniente, aunque lo que en definitiva arde son nuestros montes, para desgracia de familias, voluntarios y bomberos que en ocasiones lo pagan con su vida. La hoguera se ha convertido en estructural, y esa ignición permanente apuntala la tendencia histórica de inmolarnos para purgar nuestros pecados y hacer tabula rasa. La temperatura social y política con la que se construye la actualidad informativa de nuestra nación se acompasa en proporción al ambiente térmico.
37 grados y un montón de huesos / con algo de pellejo alrededor. / Habrá que echar toda la carne al asador (37 grados, Radio Futura, 1987)
Los incendios que España sufre año tras año constituyen la trágica metáfora de ese constante viaje de ida y vuelta al purgatorio. Lo que nos diferencia de California es que allí el Estado actúa como actor secundario de la iniciativa privada, mientras que aquí, las administraciones son parte esencial del principio al fin de los efectos del fuego, desde la prevención a la extinción. Por ello no deja de sorprender que la clase política española —y arrastrada como consecuencia de sus actos la práctica generalidad de la opinión pública— sea capaz de vadear la tragedia y degradar la catástrofe a un segundo plano, de modo que las consecuencias del fuego acaban opacadas por una cascada de declaraciones trufadas de tópicos, frases desgastadas, lugares comunes y andurriales retóricos de escaso fuste que sacan a la superficie la pobreza de un debate parvo en ideas. Y así hasta el verano próximo, en que el eterno retorno nos sitúe otra vez en el mismo escenario. Nietzsche tenía razón.
En 1985, el año en que Radio Futura publicó De un país en llamas, ardieron en España 486.327 hectáreas de superficie forestal, la mayoría de ellas, y por este orden, en Galicia, Extremadura, Comunidad Valenciana, Asturias, Castilla y León y Andalucía. A la hora de escribir este artículo, ya hemos sobrepasado las 400.000 hectáreas quemadas, con (¡vaya!) Galicia, Castilla y León y Extremadura al frente de la estadística 40 años después. A pesar de las cifras, se ha reducido a la mitad el gasto en prevención en los últimos 13 años, especialmente en las comunidades más afectadas.
Soñado cada tarde en cada cama. / Nostálgico vergel de señorío. / Un hado de otras épocas me llama / a mi país perdido (De un país perdido, 2020, Juan Perro).
En cuestión de incendios, hace tiempo que pasamos de lo coyuntural a lo estructural. Así lo reflejan la dureza de las cifras y los discursos trasnochados que algunos representantes de las administraciones públicas repiten un verano y el siguiente. A fuego fatuo, discurso vacuo, mientras se relajan las iniciativas para evitar los daños, se recortan las medidas de prevención y cargos públicos en puestos de responsabilidad acuden a los lugares de la tragedia vestidos de campaña y prestos a echar gasolina en las brasas con el mismo discurso un año tras otro. Por el humo se sabe dónde está el fuego. El humo. El que avistamos en los montes y el que tratan de vendernos.
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