Opinión | Tribuna
Impostores
Los teníamos delante de las narices, y nadie se dio cuenta. Claro, ese es el ‘modus operandi’ de los impostores: el engaño

Una imagen de Ábalos. / EFE
Estamos rodeados de impostores. ¡Vaya novedad! Hasta da vergüenza decirlo. Sin embargo, reconozco que esta evidencia irrefutable no disminuye mi curiosidad por una cuestión que, hasta ahora, nadie ha contestado: ¿cómo es posible que, tipos tan rancios como Ábalos-Koldo-Cerdán, encontrasen cobijo en un partido que se dice progresista?
En efecto, todo indica que hemos sido víctimas de una farsa colosal. Los teníamos delante de las narices, y nadie se dio cuenta. Claro, ese es el modus operandi de los impostores: el engaño, la falsedad, la simulación, el embuste. Así que, de repente, una realidad paralela, con la que no contábamos, se ha materializado, y el efecto ha sido demoledor: ha puesto al gobierno en jaque y ha sumido al país en la vergüenza y el asombro. Pero, pese a todo, averiguar si los impostores son, además, corruptos, llevará tiempo. ¿Cuánto? «Ni se calcula», contestaría mi tío Eduardo; eso dependerá del curso de las investigaciones, y de si estas llegan a demostrar que se han cometido delitos penados por la ley, valga la redundancia. Y ya sabemos cómo funciona esto.
Hacer esta distinción entre impostores y corruptos me parece importante, porque, como ya he dicho, la idea de corrupción solo es una presunción, un punto de partida, una conjetura que se proyecta hacia el futuro; un futuro policial y procesal muy lejanos. Nada que ver con la naturaleza acuciante de nuestra indignación, ni con la impotencia que experimentamos al ver en qué manos estamos, ni con el hartazgo de tener que oír hablar de lo mismo a todas horas. Indignación, impotencia y hartazgo son algo así como heridas abiertas, que no paran de chorrear.
Metáforas aparte, hemos de admitir que lo que está pasando es muy viejo. Recientemente hemos sabido de sacerdotes pederastas, feministas maltratadores, falsos adalides del «sí es sí» y de policías narcotraficantes. En fin, ¿cuántas veces, a lo largo de la historia, el lobo se habrá embadurnado las patas de harina? ¡Ah, los hipócritas! Qué bien los inmortalizó Molière, cuando creó a Tartufo. En aquella comedia, el impostor embaucaba a todos los personajes mediante sutiles manipulaciones y artimañas. A todos, menos a los espectadores, que, ya desde las primeras escenas, tienen bien catalogado al hipócrita. ¿Significa esto que hace falta ver las cosas con perspectiva para poder desenmascarar a los mentirosos? ¿O es que existen algunas señales que, observadas a la debida distancia, pueden servir de aviso? Camilo José Cela dice, en Mazurca para dos muertos, que a Fabián Minguela, alias Moucho, «se le reconoce por la chapeta de puerco que lleva en la frente». Y, tirando de la casuística reciente, ¿no habría que sospechar acaso de todos aquellos que han sido sorprendidos saliendo de una marisquería, con la mirada huidiza, caminando de forma tosca, luciendo la barba rala y una barriga montañosa?
Pero no. No nos engañemos, no todos los impostores se parecen. Cada impostor lo es a su manera. Y no hay señales inequívocas que permitan identificar a todos los Tartufos que andan sueltos. Tal vez algún día los chinos inventarán un escáner del alma (si es que aún no lo han hecho) que permitirá desenmascararlos a tiempo. Hasta entonces, habrá que seguir preguntando: ¿Cómo es posible que tan pocos hayan podido joder a tantos?
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