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Opinión | Tribuna

Algo sobre médicos

Así ha sido la concentración de médicos en Mallorca

Así ha sido la concentración de médicos en Mallorca / B. Ramon

Otra vez el mismo dilema. Apoyar una huelga de médicos, costosa y de consecuencias imprevisibles. O no hacerlo, y seguir padeciendo sumisamente el trato injusto de una política caduca y obsoleta. Que hay que darle una vuelta a todo lo nuestro, nadie lo discute; esta es la razón por la que la Ministra de Sanidad ha decidido revisar el antiguo Estatuto Marco. Lo triste es que las soluciones que se apuntan son la misma gata revolcada de siempre. Dicho de otra forma, este borrador no aspira a solucionar los problemas de fondo, ni a terminar con el peloteo inútil que se traen el ministerio y las consejerías autonómicas, sino que condena a los profesionales a permanecer acorralados en el callejón de siempre, rumiando perpetuamente el bolo indigesto de su cansancio y su frustración.

Sin entrar en detalles que no domino, quiero señalar que esta frustración es la que ha prendido la mecha otra vez. Sus causas son múltiples, pero todas terminan afectando a los mismos. Son políticas, porque ningún gobierno ni partido quiere jugarse los votos intentando poner orden en un sistema que ha perdido toda racionalidad. Es un problema económico, porque la sanidad es un monstruo cuya voracidad insaciable nadie controla, pero que se alimenta en gran medida del sacrificio del personal sanitario que ha capturado por el camino. Esta frustración también tiene un trasfondo cultural, porque los médicos observamos perplejos cómo los ciudadanos se han acostumbrado a consumir prestaciones sanitarias sin ninguna conciencia y con una nula consideración hacia los profesionales. Es un problema demográfico, porque los recursos (centros sanitarios y profesionales) no crecen al mismo ritmo al que crece la población, particularmente en el tramo de las edades más avanzadas.

Esta frustración también es consecuencia del trato meramente instrumental que reciben los médicos, con escasa o nula consideración a sus necesidades humanas, vitales, familiares y profesionales. Importan, eso sí, los fines y que estos se alcancen. Mientras tanto, en las jornadas de 17 y 24 horas de trabajo incesante no caben la fatiga ni los errores. El resultado es un sistema de alta tensión, que fluye entre dos polos: la carga de trabajo y la exigencia de calidad.

Algo en lo que no se suele reparar es en el hecho de que los médicos llevamos una doble vida. A una de esas vidas la llamamos «actividad médica ordinaria». A la otra, «estar de guardia». La primera es la respetable, la legítima, la que se enseña. La segunda es una vida paralela, discretamente marginal y un poco enigmática. Estar de guardia tiene que ver con la noche, ya que los dramas no conocen horarios. Y también es una ocupación clandestina, pues en ella se vive al límite, corriendo riesgos personales incluso, aunque el esfuerzo invertido nunca trasciende, ni se computa de cara a la jubilación. Simplemente, se exige. Y así es como van pasando los años: esperando que, al final de cada guardia, amanezca de nuevo, que es cuando te recoges, agotado, con el embotamiento propio de un noctámbulo, sabiendo que todo lo que te ha pasado en la guardia, pronto se habrá olvidado.

Cuando mi hija tenía seis años, la maestra le preguntó a qué me dedicaba. A lo que mi hija respondió que yo era guardia. Dejo constancia aquí de esta curiosa asociación de ideas, porque me parece muy reveladora de hasta qué punto nos marca la vida hospitalaria, aunque tal vez solo los niños sean capaces de percibir esas marcas.

Después de esta huelga, los médicos seguiremos sobrellevando nuestras vidas, las legítimas y las clandestinas, asumiendo las cargas de trabajo que nos echen, tratando de resolver los problemas de los pacientes, sin escatimar esfuerzos, y, de vez en cuando, reclamando un poco de atención para poder seguir siendo el corazón que bombea el oxígeno hacia un sistema sanitario tan ingrato como complejo.

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