Opinión | Tribuna
La ética pública y la regeneración democrática, si eso mañana

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, interviene durante la concentración del PP bajo el lema ‘Mafia o democracia’ en la Plaza de España de Madrid / EP
No vamos a introducirnos a los hechos acontecidos, creo que son por todos conocidos. Estos -comisiones por adjudicaciones-, por desgracia, son hábitos usados de forma más corriente en nuestro día a día, de la que concebimos.
Por supuesto que como ciudadanos nos preocupa el relato político y la hazaña judicial. Ahora bien, lo que nos inquieta es el preocupante déficit de ética en la representación política, y la no llegada de la regeneración democrática prometida. Y esto último, cuando el inicio de su legitimidad ha partido de una moción de censura en contra de la corrupción y, un compromiso firme hace un año de una verdadera regeneración democrática. Lo juzgará toda la sociedad, faltaría más, pero la credibilidad debe aterrizar a un punto inicial. Y para que no quepa duda, que se dirige a un concreto posicionamiento ideológico concreto, ha sido y es un problema diagnosticado de la mayor parte de partidos políticos (por no decir la mayoría), aunque sin cirugía alguna. La desazón, ya creo que pasotismo, hacia las instituciones y la representación política conduce a una preocupación por el aumento de otras posturas extremas antisistema.
Responsabilizarse con un «perdón», debería ser el primer paso. Y así fue. Sea o no impostado. Sin embargo, sino tiene un examen de conciencia para cambiarlo, se queda en algo vacío de contenido. Y, con todo, en determinados momentos requiere una mayor o menor depuración de responsabilidades. La democracia no solo versa en mayorías sino en la rendición de cuentas. La legitimidad política se basa en los intereses del conjunto y las aspiraciones de los ciudadanos, no en lo que ha desvirtuado en una privatización de unos pocos dentro de los partidos políticos.
Con probabilidad, todo deriva en la desvirtuación de los cauces de participación en los partidos políticos. No se trata de suprimir lo que funciona bien y los políticos con clara vocación pública, sino rectificar cuestiones de la hermética de la crisis de partidos.
El presunto grosero modus operandi (extraídas de películas de Torrente) de un grupo reducido de políticos de todos los partidos, pone en tela de juicio la confianza a un sistema democrático.
La ciudadanía anhela una regeneración democrática verdadera, con transparencia y rendición de cuentas. Una política responsable y con esfuerzo por los programas de estado (que debería contar con el apoyo de la mayoría de partidos). No una sociedad del espectáculo, sino una sociedad dispuesta a afrontar los problemas que vienen encima. Y, no olvidemos que la legitimidad se gana no solo de base sino de ejercicio.
Aún con lo anterior -la resistencia-, el tiempo se agota y la paciencia también.
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