Opinión | Desde el siglo XX
Y ahora campo de polo: la sumisión del PP a Vox
La subordinación del Gobierno de la presidenta Marga Prohens a la extrema derecha supera las previsiones que se hicieron en 2023

Y ahora campo de polo: la sumisión del PP a Vox / Juan ignacio Roncoroni / Efe
No deja de ser llamativa la dicotomía entre cómo se relaciona con la extrema derecha de Vox el alcalde de Palma, Jaime Martínez (bajo vigilancia constante del PP con su primer teniente de alcalde, Javier Bonet, marido de Prohens, de supervisor jefe), y la presidenta del Gobierno balear. El primero, exhibiendo buenas maneras, mantiene a Vox fuera del perímetro de gobierno municipal: no acepta a los del viejo general Fulgencio Coll en cargos de responsabilidad, y eso que se afana en solicitarlo. Prohens, que no tiene formalmente a la extrema derecha antieuropea, conviene recordarlo, en su Ejecutivo, asume las propuestas más estridentes que plantea. Chocante. De ahí que Prohens le tenga poco disimulada inquina a Martínez, que busque hacerle la cama o moverle la silla, para lo que cuenta con al menos dos concejales, el citado Bonet, y Mercedes Celeste, sin olvidar al extravagante Óscar Fidalgo, proclive a airear sus ignorancias en múltiples cuestiones.
Lo que constata otra vez la genuflexa disposición de Prohens hacia Vox es la presunta regularización del campo de polo de Campos (ahí también ha entrado en juego el convoluto, al que Prohens debe absoluta obediencia) , enmienda que los de Manuela Cañadas han presentado aprovechando que en el Parlamento balear se debate la Ley de las Macrogranjas. No es que los dos asuntos tengan algo que ver, sino que Vox se pasa por el forro, como acostumbra, las estrategias que trata de hilvanar (un suponer muy osado) el Gobierno de Prohens, que pactó el contenido de la Ley con la beatífica congregación de Més (antes PSM) del reverendo obispo Apesteguia, que farisaicamente se revuelve afirmando que «se romperán todos los puentes». Menos ínfulas, reverendo obispo, que le han sacado las castañas del fuego al PP siempre que ha sido necesario. Tienen insertado en su ADN fundacional prestar serviciales respaldos a la derecha conservadora mallorquina. Es su naturaleza. Uno de sus viejos dirigentes, Mateu Morro, puede dar detalles largo y tendido.
Hay que valorar la bajada de pantalones que vuelve a protagonizar el Gobierno de Prohens al considerar incorporar la enmienda de Vox, que uno llega a maliciar que la presenta porque le pone dejar al PP en evidencia, en pelota picada. El Consell anunció en su día que iba a proceder a expedientar (otro suponer propio del PP) el campo de polo, que el pasado año volvió a acoger competiciones sin disponer de los oportunos permisos. Una bagatela. Fijémonos en lo que dice, sin distraernos en su sintaxis, el portavoz del PP, Sebastián Sagreras, a quien en su partido no son pocos los que desearían que mantuviera a perpetuidad la boca sellada: «Seguiremos en negociaciones hasta que se produzca la votación para que se apruebe la regularización de las macrogranjas». Añade: «Tendremos que ser hábiles para garantizar que la regularización de las macrogranjas tenga los votos suficientes para quedar aprobada». Queda más o menos claro que la habilidad consiste en envainarse la enmienda de Vox; están pendientes los Presupuestos, con los que Prohens confía en llegar a 2027. La portavoz de Vox, la aguerrida Manuela Cañadas, que sabe lo que se dilucidará en 2027, precisa: «Esperamos que sí lo apoyen (el campo de polo), son enmiendas muy importantes para toda la sociedad balear. Es un deporte y una manera de vender Baleares que no solo sea a través de las imágenes de pateras...», y ya tenemos el fecundo efectivo espantajo electoral de la inmigración, constante en el discurso de Vox, que, temeroso, adopta el PP.
El campo de polo quedó precintado, no se ha autorizado ninguna reapertura. Pero en la Mallorca de la masificación, de amnistías urbanísticas, de los pisos turísticos y alquileres imposibles, la legalidad es formalidad prescindible.
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