Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La suerte de besar

Triste y con dotes para la alegría

.

. / Freepick

He leído un reportaje sobre la querencia de los jóvenes de la generación Z hacia la música tristona y hacia las letras nostálgicas de Billie Eilish, Olivia Rodrigo o Taylor Swift. Me pregunto por qué circunscribirlo a la juventud actual. Yo, que pertenezco a la generación X (qué tiempos aquellos), veía El club de los poetas muertos y Cinema Paradiso con una caja de kleenex en el regazo y lloraba a moco tendido escuchando a U2 y El Último de la Fila. Relacionarse con la tristeza es atemporal y la forma individual de gestionarla me parece curiosa.

En la serie Terapia sin filtro, algunos personajes se regalan a sí mismos un espacio y unas horas para llorar. Es como cuando mis hijos eran pequeños y dedicábamos un minuto (a veces un poco más) a decir todas las palabrotas que nos venían a la cabeza. La cuestión era acotar un tiempo para dar rienda suelta a aquello que reprimíamos durante todo el día. Funcionó en su momento. Quizás debiéramos retomar esa costumbre, pero eso es otro cantar.

Creo que la tristeza es como esa persona a la que quieres, con la que tienes que convivir y de la que aprendes mucho, pero que es demasiado intensa. Tan intensa que acaba agotándote, hundiéndote y dejándote sin energía, a no ser que aprendas a aceptarla, a convivir y a relacionarte con ella en su justa medida. Hay personas que alardean de estar siempre contentas y de no conocer la punzada en el estómago. Hay gente que pierde a alguien querido y es incapaz de hablar del vacío que les queda y hay hombres y mujeres que se separan y que sólo comparten cuán resentidos, dolidos o liberados están, pero que son incapaces de admitir la desazón que sienten al irse a dormir. Nos cuesta admitir una emoción que creemos que nos hace vulnerables y, por eso, la escondemos debajo de la alfombra. Algunos hemos querido huir de la tristeza yéndonos de viaje al fin del mundo, trasnochando una semana seguida, trabajando quince horas diarias o mendigando una receta de un somnífero a un amigo médico. Da igual, la realidad es que, antes o después, el toro nos acabará pillando.

Y están quienes se regodean en la pena. No me refiero a quienes pasan por una depresión o que sufren un batacazo vital y que, lógicamente, padecen sus consecuencias emocionales. Me refiero a los que, por costumbre, ven el vaso vacío, a los que profundizan tanto en el sentido de la vida que acaban ahogándose en ella, a los que sólo ven las zonas oscuras, lo negativo y lo insalvable. Hay personas que deciden no salir a flote jamás y, lo que es peor y más preocupante, los hay que prefieren quedarse en las profundidades porque sacar la cabeza requiere de mucho esfuerzo. Cierto. Creo que es más fácil licenciarse en una ingeniería que gestionar las emociones con gracejo.

A mí me gustaría no tener miedo a estar triste. O enfadada. O decepcionada. Conseguirlo es tarea titánica. A menudo pienso en Martín Santomé, ese triste con vocación de alegre protagonista de ‘La tregua’, de Mario Benedetti. Y, entonces, salgo a caminar con todo el desparpajo del que soy capaz y siento que siempre hay un resquicio para la esperanza.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents