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Opinión | Obituario

«Ahí está Pepe, ahí está Pepe»

El expresidente de Uruguay José Mujica (2010-2015), que falleció anteayer, fue una ‘rara avis’ en la política sudamericana. Siendo legislador o mandatario hacía la cola en la panadería, almorzaba en bares, iba a trabajar en su moto Vespa o subía al coche a desconocidos que lo paraban en la calle

América Latina le rinde un sentido adiós a Pepe Mujica, su voz de integración y consenso

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En 2011, a un año de su gestión presidencial, Pepe Mujica llegó en coche sin avisar al club montevideano Defensor para ver un espectáculo musical con Lucía Topolansky, su compañera de toda la vida. Apenas ingresó, un enjambre de niños, adultos y ancianos lo rodeó y abrazó, le pidió autógrafos y estrechó la mano. Hubo quien le acercó pedidos en un papel y le habló de la oposición, hubo quien lo miró de cerca en silencio.

«Ahí está Pepe, ahí está Pepe», se escuchaba de tanto en tanto mientras Mujica y su mujer reían y caminaban despacio bajo la luz de los faroles, entre tapas de cervezas, papeles de colores y helados derretidos. A la vez despejaban con la mano el humo de las parrillas que dibujaba formas irregulares, leves y espaciosas. Enseguida se sentaron frente al escenario en sillas blancas de plástico sobre el campo de básquet despintado, mientras saboreaban dos hamburguesas con Coca-Cola mezclados entre el público, que les tomaba fotos y miraba azorado.

Lograr esa popularidad no fue un camino sencillo. Mucho antes de ser presidente, Mujica fue líder de la guerrilla Tupamaros. Preso en varias oportunidades, su último confinamiento se extendió doce años, el tiempo que duró la última dictadura uruguaya. Allí, en las tumbas, como decía él, fue torturado y aislado en celdas diminutas en las que llegó a conversar con hormigas y arañas, beber su propia orina y enfermar de la vejiga y los riñones por falta de agua y alimento.

En 1985 quedó libre en el regreso de la democracia y diez años después se convirtió en diputado nacional. Su estilo campechano, de lenguaje llano, tono bajo y pausado, con metáforas ocurrentes, impactó en gran parte de la población. Mujica fue una rara avis en la política. Hacía la cola en la panadería, almorzaba en bares, iba a trabajar en su moto Vespa, subía al coche a desconocidos que lo paraban en la calle, pero aquella noche estrellada de 2011 salió a disfrutar del verano con su pareja.

Agarrate Catalina y Falta y Resto, dos de las murgas más reconocidas de Uruguay, similares a las de Cádiz, en su atuendo y propuesta artística, se presentaban en directo con un repertorio festivo de crítica social.

«¿Mirá quién vino?», preguntó al aire, con sorpresa y los brazos en jarra, uno de los integrantes de Agarrate Catalina, mientras una luz potente, directa y amarilla enceguecía allá atrás, en el medio, al visitante ilustre que no paraba de reír. «¿Viniste con el viejo, Lucía?», completó otro murguista haciendo visera, con su boca roja, excesiva y desproporcionada, la cara blanca y el traje de lentejuelas colorido.

La burla al lenguaje de Mujica- «no conjuga los verbos, dice pavadas»-, a su aspecto- «viejo linyera, que alguien le pode el bigote y los pelos de la ñata»- y las referencias a Manuela, su perra de tres patas- «hay paro bancario, te ocupan la escuela, en cualquier momento te muerde Manuela»-, fueron los momentos más festejados por el público.

Antes del cierre, cerca de la medianoche, el presidente y su esposa se levantaron para irse. En la puerta había un grupo de periodistas.

- ¿Qué le pareció la actuación de la murga?

- Muy buena, muy buena…

- ¿Qué le parecieron las críticas?

- Bueno, la murga sirve pa’ criticá.

Mujica respondió dos preguntas más, se tomó un par de fotos con turistas y vecinos y subió al coche con Lucía rumbo a su casa. Manuela los esperaba.

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