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Opinión | Las cuentas de la vida

Votar a los 16

Ilustración: Votar a los 16

Ilustración: Votar a los 16 / Freepik

Los problemas en España son arduos y complejos, como en buena parte del mundo. Uno de los más notorios tiene que ver con las elites extractivas: esos pequeños grupos de presión que bloquean el crecimiento económico y secuestran el poder político. Otro, menos conocido – aunque igual de relevante –, es su opuesto: las masas extractivas, es decir, los grandes grupos de presión que capturan el presupuesto público para mantener sus privilegios. En el caso de España – también por una cuestión demográfica –, el ejemplo más evidente son los pensionistas frente a los jóvenes o a las familias con hijos pequeños. Al vincular la subida de las pensiones al dato del IPC, sin ningún tipo de factor corrector, la mayor parte del incremento presupuestario se destina a la Seguridad Social en lugar de equilibrarlo con otras necesidades que deberían ser prioritarias. Pienso, sobre todo, en la construcción de viviendas públicas de alquiler – nada es más urgente ahora mismo que fomentar este tipo de oferta – o en otras políticas de refuerzo de las clases medias y trabajadoras.

Si las elites extractivas se caracterizan por su cercanía al poder, las masas extractivas manifiestan su fuerza por medio del voto. En una sociedad envejecida como la española, el voto de los jubilados es crucial. Ningún gobierno puede consolidarse haciendo recortes en el pago de las pensiones, así que cualquier reforma exigida por Bruselas pesa siempre sobre el futuro: ¡que paguen las siguientes generaciones! Lo cierto es que resulta muy difícil encontrar un punto de equilibrio a la vez generoso y racional, justo y equilibrado. Pero no parece que nos encontremos en esa situación. La mejor prueba es la insostenibilidad del modelo actual. El futuro de los pensionistas –a una o dos generaciones vista– será peor que ahora.

Por esto mismo, he seguido con interés el debate sobre el adelanto de la edad de voto en España. A los 16 años, los jóvenes ya pueden trabajar, pagar impuestos y asumir algunas responsabilidades penales. Si contribuyen al sistema, ¿por qué no pueden ayudar a moldearlo? La razón principal es evidente: la inmadurez. Austria, sin embargo, donde el sufragio a los 16 años es ley desde 2007, arroja datos reveladores: quienes votan temprano desarrollan un hábito cívico que perdura. Y en España, donde la abstención juvenil ronda el 30%, esta inyección de energía podría revitalizar una democracia que a veces parece un club de socios desmotivados. Es decir, un país que mira más hacia el pasado que hacia el futuro.

Este debate, por supuesto, nos polariza – ¿y qué no lo hace en España? –. La izquierda lo enarbola como estandarte progresista; la derecha husmea la clave electoral. Quizás nos lleváramos sorpresas, en este sentido. Sin embargo, la respuesta no está en las trincheras, sino en los pactos: permitir el voto a los 16 años puede ser un experimento audaz, pero sólo si lo tratamos como un contrato social. Su valor radica en despertar un sentido de pertenencia entre los jóvenes y de solidaridad entre los mayores. Significa escucharlos tanto en las urnas como en los debates que configuran su futuro: en el de la vivienda, por ejemplo, o en el de las oportunidades laborales, la educación y la sanidad. Y, claro está, en el de las pensiones; no sólo las de hoy sino también las del futuro.

En última instancia, conceder el voto a los más jóvenes – aunque apenas represente un 3% aproximado del censo – permitiría introducir un mayor equilibrio entre generaciones. Y quizás ya por esto valdría la pena.

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