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Opinión | Tribuna

La hoguera de las letras torcidas

Cada vez que se ha querido suprimir una forma de vida, una identidad o un afecto, se ha empezado por quemar aquello que lo nombraba

Cada 23 de abril me recuerda que hay libros que no fueron escritos para leerse, sino para esconderse, para prohibirse o para arder. La historia de la LGTBIfobia es también una historia de fuego y de censura. Desde que existen libros, existen también quienes los temen. No por lo que dicen, sino por lo que despiertan. Y cada vez que se ha querido suprimir una forma de vida, una identidad o un afecto, se ha empezado por quemar aquello que lo nombraba. Cuando el deseo habla, el papel arde. Y lo innombrado, al parecer, no existe. Y lo que no existe, no incomoda. No ama. No desafía. No reclama un lugar en el mundo.

El 6 de mayo de 1933, en Berlín, estudiantes afines al nazismo irrumpieron en el Instituto de Ciencias Sexuales de Magnus Hirschfeld. Saquearon sus archivos, robaron sus expedientes y destrozaron su mobiliario. Días después, sus libros y documentos fueron arrojados a una hoguera pública. No fue una anécdota, sino un ensayo general del genocidio que estaba por venir: se estima que, entre 1933 y 1945, alrededor de 15.000 homosexuales fueron internados en campos de concentración. Fue, además, un claro ejemplo de lo que más temía el poder: el conocimiento libre sobre los cuerpos y los deseos.

En esas páginas no solo había estudios médicos pioneros sobre la sexualidad humana. También había correspondencia, relatos de vida, historias clínicas, confesiones escritas con dolor o esperanza. El fuego no perdonó: quemó nombres, arrasó afectos, borró memorias. Todo fue reducido a cenizas. No fue un accidente, fue una decisión política. Había que aniquilar la posibilidad misma de que alguien, algún día, se reconociera en esos textos. Que pudiera decir: «No estoy solo».

En España, la dictadura franquista repitió la misma estrategia. Durante cuarenta años, toda publicación sobre sexualidades no heteronormativas fue silenciada. Libros, investigaciones y trabajos académicos cayeron bajo la mordaza de la censura. La homosexualidad no solo fue perseguida como delito legal, sino también como un crimen moral. Los libros que defendían la dignidad homosexual fueron descartados como chatarra ideológica. La dictadura comprendió que el conocimiento es poder, y su objetivo fue suprimir todo saber que pudiera desafiar el orden impuesto.

Desde entonces, la hoguera ha mutado de forma, pero no de función. Hoy no se queman libros en plazas públicas; se vetan en consejos escolares. No se arrasan institutos científicos; se eliminan contenidos curriculares. No se persigue a sexólogos; se acosa a docentes que enseñan diversidad. El fuego sigue presente, pero ahora es más sofisticado. Tiene forma de decreto, de titular alarmista, de ley «antiadoctrinamiento».

Lo hemos visto en Estados Unidos, donde líderes de derecha como Ron DeSantis han emprendido una cruzada contra los contenidos educativos que abordan el racismo, la diversidad sexual y de género. Una ofensiva intensificada con la administración Trump, cuyas órdenes ejecutivas buscan desmantelar los programas de diversidad e inclusión. Lo vimos en Porreres, con la denuncia a un profesor del instituto por leer en clase un cómic sobre el amor entre mujeres. Lo hemos visto recientemente en Hungría, donde se ha prohibido el desfile del orgullo LGTBIQ+. Y lo seguimos viendo, cada vez más, en el repliegue ultraconservador que asocia educación sexual con corrupción moral y la representación LGTBIQ+ con propaganda ideológica. Dicen que lo hacen para «proteger a la infancia», como si el problema fueran los libros y no el odio con el que enseñan a leer el mundo.

La lógica es siempre la misma: el deseo debe silenciarse. No porque sea irrelevante, sino porque es demasiado potente. El deseo que se nombra es el deseo que resiste, que interrumpe la cadena de reproducción del poder, que convierte el aula en un campo de disputa simbólica y transforma la biblioteca en un espacio subversivo.

No hay que engañarse: lo que se busca no es proteger, sino borrar. Invisibilizar hasta que ya no duela. Hasta que deje de existir. Hasta que cada joven queer vuelva a pensar que está solo, que lo suyo es raro, que mejor callar, que mejor encajar, que mejor morir que ser distinto.

Frente a eso, los libros son una forma de resistencia. Cada historia queer contada, cada ensayo publicado, cada manual que explica sin eufemismos es una barricada contra el olvido. Escribir y leer son, hoy más que nunca, actos políticos: gestos de dignidad ante una barbarie que insiste en normalizar la humillación.

La LGTBIfobia no se combate solo con leyes, sino también con palabras: con relatos que restituyen humanidad, con bibliotecas que no discriminan, con aulas donde el deseo no sea motivo de vergüenza, sino parte de la conversación. No hay igualdad sin representación. No hay respeto sin narrativa, si el derecho a ser leído —a estar, a nombrarse, a contarse— se convierte en un privilegio exclusivo. Puede que un libro queer en manos de un adolescente no cambie el mundo, pero sí cambie su mundo. Y eso, para algunos, es lo imperdonable.

La hoguera siempre vuelve, pero también la palabra. La que resiste, la que se escapa, la que arde de otra manera: no para destruir, sino para iluminar. Y en ese fuego, esta vez, no nos quemamos. Nos encendemos.

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