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Opinión | Tribuna

Harry Potter estudia en Son Gotleu

Son Gotleu no es solo un barrio, es una fractura urbana. No aparece en las guías turísticas, pero sí en todas las estadísticas de desigualdad. No por azar figura entre los puntos calientes del mapa de la vulnerabilidad residencial de Palma, donde el tiempo se mide en notificaciones de desahucio, cortes de luz o mudanzas sin cajas.

Es uno de los barrios más empobrecidos de España, y quizá por eso algunos relojes de lujo prefieren evitarlo. Es donde, en la rotonda entre el Rafal y el puente de Son Gotleu, la policía obligó a Víctor Uwagba a sentarse descalzo sobre el asfalto, sin más explicación que la inercia de un sistema que normaliza el abuso, como si el asfalto fuera la piel de una sociedad que se regocija en la humillación del otro. Pero también es un lugar que desafía esa lógica. Aina Mascaró, por ejemplo, lo hace con un club de lectura que da voz a las historias de África.

Es el barrio donde Rels B creció entre los márgenes, donde Concha Buika escuchó a Camarón por primera vez, y el lugar que vio nacer a Toni Pastor. Y, por supuesto, es el barrio donde viví y me crié. Allí aprendí que la periferia no es únicamente una localización en el mapa, sino una forma de mirar el mundo con otros ojos. Desde esa mirada periférica, Son Gotleu se revela como un territorio que se resiste a ser reducido a una sola imagen, un lugar múltiple donde la educación ha abierto caminos insospechados.

Uno de esos caminos, sorprendentemente, conduce a Hogwarts. El proyecto pedagógico «La magia de la convivencia», impulsado por el CEIPIESO Gabriel Vallseca, ha logrado lo que las estadísticas frías y las promesas vanas de los políticos nunca han conseguido: que los niños no abandonen la escuela. Lo ha hecho con una herramienta poderosa: el universo literario de J.K. Rowling. Aunque aquí la magia no tiene nada que ver con varitas ni pociones, sino con la magia de la inclusión, esa que convierte lo aparentemente condenado en una oportunidad de cambio.

Como Harry Potter, los niños de Son Gotleu nacen en un contexto donde el destino parece ya trazado por un sistema atravesado por el racismo y la aporofobia, que les niegan el derecho a escribir su propia historia. No provienen de familias privilegiadas, ni viven en barrios que prometen un futuro brillante. Sin embargo, como en la saga mágica, lo que parecía un camino sellado por la exclusión empieza a transformarse gracias al poder de la comunidad y la educación.

El quidditch, esa mezcla de fútbol y vuelo en escoba, se convierte en una metáfora deportiva de la igualdad: no hay ventajas iniciales, todos tienen la oportunidad de jugar y, más importante aún, de aprender. En este juego no existe otro valor más que el esfuerzo colectivo. La verdadera fortaleza no está en brillar solo, sino en saber sostener el peso del otro.

El proyecto se basa en mejorar la convivencia mediante el trabajo en equipo. En este escenario los personajes de Harry Potter cobran vida de manera asombrosa. Como Ron Weasley, muchos niños comprenden que la verdadera fortaleza radica en la lealtad y el esfuerzo compartido. Y como Hermione Granger, descubren que el conocimiento no solo abre puertas, sino que se convierte en una herramienta esencial para cuestionar y transformar su realidad.

Si Hogwarts tiene a Dumbledore, Son Gotleu tiene a Asun Gallardo, Premio Ramon Llull 2025. Su liderazgo al frente de la escuela ha logrado convertirla en un referente donde las diferencias no dividen, enriquecen, y donde cada alumno vive el aprendizaje como una experiencia mágica.

No obstante, como en toda historia de magia, también hay sombras. Voldemort, el enemigo eterno, encarna la exclusión: un sistema sombrío que perpetúa las desigualdades sociales, económicas y educativas, dictando arbitrariamente quién merece oportunidades y quién no. La batalla contra él no se gana con conjuros, sino con la fuerza de la empatía y la perseverancia.

Y luego está el gran Severus Snape, ese personaje complejo y a menudo incomprendido. Personifica a esos docentes que, desde la sombra y el sacrificio, se entregan cada día. Son aquellos cuya labor, a pesar del escaso reconocimiento social, está impulsada por la convicción de que la educación tiene el poder de cambiar vidas.

Al final, la verdadera magia de Son Gotleu no habita en varitas ni hechizos, sino en algo infinitamente más poderoso: en la capacidad de su gente para no rendirse ante lo que parece inevitable, en su lucha diaria contra una fatalidad impuesta desde fuera, en resistir cuando todo está diseñado para aplastarte. Resistir, no como mera forma de supervivencia, sino como afirmación de dignidad, de creación de nuevas posibilidades de pertenencia, de esperanza y de vida, incluso cuando el mundo, indiferente, elige cerrar los ojos y mirar hacia otro lado.

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