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Opinión | Tribuna

Bellevue 2: todos somos culpables

Imagen del Bellevue.

Imagen del Bellevue.

Todavía tengo grabada en la retina las imágenes de la periodista húngara que ponía la zancadilla a un padre y un hijo sirios, expulsados por la guerra y que corrían intentando cruzar la alambrada de la frontera.

Siempre habrá pobres y ricos. Si quieres… puedes. Nos decían.

En este país estamos mal acostumbrados. En los últimos tiempos y hasta hace poco los pobres de solemnidad estaban en la puerta de la iglesia o pedían respetuosamente entre las mesas de los bares cuando tomabas una caña o sentados en la calle (no, gracias, lo siento…). Los estudios nos decían que los marginados (los fuera del sistema, el lumpenproletariado) eran grupos sociales reducidos en un mundo desarrollado, enfermos mentales desinstitucionalizados, prostitutas/os, drogadictos/as y alcohólicos/as. Eran distintos de los «pobres», que conservaban su dignidad humana (pobres pero honrados), entre estrecheces esforzándose día a día por sobrevivir. Como médico he trabajado en barriadas «populares» y he podido ver de primera mano de qué va esta supervivencia. Desde el otro lado de la mesa y con una bata blanca protectora.

Hace unas semanas leí un libro interesante (Pasión Nails 1) que cuenta la historia de una socióloga en desempleo que siempre trabajó en barriadas «difíciles» y que un día decide cruzar la línea que la separaba de sus clientes. Esa línea en mi caso es la mesa de mi consulta y la bata blanca.

Yo, con mis compañeros del grupo municipal de Unides Podem Alcúdia, cruzamos la línea en la ocupación de Bellevue y encontramos familias (empadronadas), muchas con trabajo e hijos escolarizados en el pueblo y que querían (pero no podían) pagar un alquiler. Cruzar la línea significa que cuando estas personas son desalojadas ilegalmente y te piden ayuda para trasladar lo poco que tienen, se la das (un vecino me criticó por hacerlo). Y que hablas… y que escuchas. El Ayuntamiento realojó a las familias en un hostal durante un mes… dos días más por intervención de la Iglesia Católica… después a la calle.

Cuando el Estado asumió el monopolio de la violencia, los humanos dejamos de matarnos los unos a los otros como dice la ley del Talión (no del todo), si el Estado era democrático y de derecho aseguraba servicios básicos asequibles a sus ciudadanos (sanidad, educación, pensiones, servicios sociales…). Dimos otro paso adelante en la disminución de la violencia. El caso de Bellevue (y tantos otros) son un ejemplo del actual fracaso del estado de derecho y su bienestar social prometido que ni siquiera la caridad cristiana resuelve.

Ahora entiendo mejor la reacción airada de un joven cuando explicábamos el programa electoral en las últimas elecciones municipales: ¡No valéis para nada! También me explico el voto a la extrema derecha, los únicos antisistemas del panorama electoral.

Lo que me preocupa más es qué haré cuando una de estas familias (la siria que cruzaba la alambrada, las de Bellevue en la calle) me mire a los ojos y me pregunte ¿tú de qué lado estás?

(1) Pasión Nails. Rosario Izquierdo. Alianza Editorial.

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