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Opinión | Tribuna

Ja, ja, ja

Sí, lo sé. No es la reacción más ortodoxa. Algunos incluso lo verán como una falta de respeto. Pero es lo único que puedo emitir al escuchar a ciertos mandamases estos días. Andan sueltos señoritingos de la guerra, mariscales del ridículo y soldaditos de playmobil que fantasean con armarnos hasta los dientes mientras nos conducen, miedo mediante, al desastre.

Recomiendan ahora, con aire de siniestros clarividentes, que la ciudadanía europea se haga con kits de supervivencia: latas de conservas, frutos secos, legumbres, pasta, arroz, radio a pilas, linterna, sacos de dormir... asimismo, necesitamos, según estos napoleones low cost, agua, comida y otros enseres por si —oh, casualidad— estalla una guerra a la que ellos mismos nos están dirigiendo. Nuestros líderes, escoltados ahora por lo más rancio de la extrema derecha continental, afirman hablar en nombre de los valores europeos cuando nos dicen que necesitamos más autonomía ¿Y en qué consiste esta autonomía que pregonan? ¿En emanciparse de las energías fósiles? ¿En blindar derechos sociales? ¿En avanzar en justicia, igualdad o democracia? ¿En atacar las causas de tanta frustración, odio y miedo en la población europea? No. Su autonomía es el eufemismo de una marcha triunfal hacia el abismo. El plan es claro: sembrar el miedo. Un miedo que la ultraderecha ha venido cultivando durante años y que ahora intenta justificar un despilfarro armamentístico obsceno: 800.000 millones de euros. Ese gasto, además de ser un derroche sin sentido, implica recortes en áreas clave como la educación, la salud y los derechos sociales. Este temor que intentan imponer servirá de vía de entrada para que la extrema derecha mediática y política pueda forzar una agenda cada vez más radical contra los más débiles de la sociedad, así como recortes en derechos que la gente estará dispuesta a aceptar a cambio de «seguridad».

En el fondo, los líderes europeos, no están tan desencaminados. Europa, la cuna de las luces, ha sido también el epicentro de siglos de expolio en América, de racismo institucionalizado en África, de guerras que han teñido de sangre el continente entero. Por eso, cuando hablan de «valores europeos» o rescatan lemas de la revolución francesa (Liberté, egalité, fraternité) es como para reírse. Porque no sé si hablan de las recientemente aprobadas leyes machistas y anti-LGTBI en Polonia y en Hungría, o de la ley contra la ideología de género en Italia o la Ley de inmigración en Francia, que ha implicado un ataque frontal a las personas migrantes que intentan acceder al país o que viven ya allí.

Si uno lo piensa, hasta Hitler tenía su lado cómico, como supo retratar magistralmente Charles Chaplin. Hoy, en cambio, vivimos tan cegados por el culto ideológico que parece impensable que alguien pueda caricaturizar a Von der Leyen o a Borrell. Pero no merecen otra cosa. No deben ser tomados en serio. Solo cabe la risa al estilo de los antiguos cínicos: una risa que brota como defensa frente a su grotesca pequeñez, esa mísera vanidad que les hace creerse héroes de una superproducción bélica de Hollywood, cuando son a ojos de cualquier persona cuerda, villanos de una película de bajo presupuesto.

Josep Borrell, el comisario europeo para una Europa más fuerte en el mundo, ha dicho sin pestañear, tomándose, al parecer, muy en serio, que ‘los europeos no solo deben rearmarse, sino recuperar «la mentalidad del guerrero».

Yo, como Friedrich Nietzsche pregonaba, prefiero la mentalidad del bufón. Al menos él sabe que está actuando.

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