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Opinión

Esa incordiante diplomacia

Trump acorrala a Zelenski en la Casa Blanca.

Trump acorrala a Zelenski en la Casa Blanca. / EFE

Hay una cierta incomodidad entre los diplomáticos por las acomodaciones del ministro Albares, aunque -como suele decirse- el servicio diplomático acaba yendo al paso de las políticas nacionales, a veces con satisfacción y otras con reticencia contenida, esperando que se trate con fair play. En EEUU es mucho más grave: por una parte, Elon Musk se ha empeñado en purgar a fondo la Administración pública norteamericana -especialmente, el Departamento de Estado-, mientras que el vicepresidente J. D. Vance se estrenó en Europa con uno de los discursos más antidiplomáticos de nuestro tiempo, después de secundar activamente al presidente Trump en el reality show -antidiplomacia pura- de su regañina a Vladímir Zelenski.

El microcosmos diplomático del viejo Occidente anda traqueteado con las andanadas del trumpismo. Es como si se quisieran eliminar de su trayectoria tantas estratagemas efectivas en la guerra fría o la experiencia histórica en mil y un conflictos. Ni sus tics más resabiados podrán anular lo que ha representado hasta ahora la buena diplomacia, como servicio al Estado y al orden mundial. Los diplomáticos fallan a veces pero fallan mucho más los políticos, tan necesitados de la aprobación de los votantes, hasta extremos grotescos y muy caros.

Se acusa a los diplomáticos de ambigüedad y cinismo, pero es que la borrosidad semántica ayuda a esquivar conflictos o a camuflarlos y fracasa cuando los agrava. No en vano, el Departamento de Estado está domiciliado en el barrio Foggy Bottom -fondo con bruma-, en Washington. Los lectores de Proust pasan muy buenos ratos con las ambivalencias expresivas del diplomático Norpois, siempre aspirante a ser embajador en Constantinopla. La diplomacia también tiene sus placeres privados como cuenta en sus cartas don Juan Valera, gran mujeriego de legación.

Durante la Guerra Fría, la ONU fue demasiado a menudo el escenario de una pantomima en la que la Unión Soviética aportaba personajes de guiñol para acoso de EEUU. Desde sus orígenes, en la ONU pueden contabilizarse al minuto las discrepancias entre lo que las naciones dicen y lo que luego hacen. El espectáculo, incluso después de la Guerra Fría, da para mucho. Aun así, con todo lo que sabemos o no, es injusto esperar de la ONU garantías de armonía universal.

Ahora Trump dice querer acabar con todo eso, pero ¿se conformará con ocupar cada día los titulares o es que prefiere un caos propio, exclusivo y perjudicial para su país? Trump está por el todo o nada frente a la evidencia contrastada de que en una negociación nadie se lleva el cien por cien.

En Youtube aparece la célebre escena de 1960 con el líder soviético Nikita Kruschev, golpeando su pupitre con el zapato en la Asamblea General de la ONU. El primer ministro británico Harold MacMillan tuvo una respuesta flemática: «Me pregunto si podríamos tener traducción». Aunque ya casi nadie se acuerde de que existió la Unión Soviética, conviene anotar que, comparado con Stalin, Kruschev casi era un ángel.

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