Opinión | Tribuna
Machismo progresista
Ser aliado no puede ser un gesto simbólico: es interrumpir el machismo en el momento preciso, es hacer del trabajo por la igualdad una tarea compartida, no delegada

Ilustración: Machismo progresista
Las recientes acusaciones contra figuras destacadas de partidos de izquierdas por actitudes machistas no solo exigen un debate urgente sobre el machismo que milita en sus filas, sino que, además, abren una oportunidad para hacer algo que rara vez se hace en política: aprender y corregir.
Sin embargo, esta posibilidad se enfrenta a la resistencia de dos especies particularmente resistentes a la coherencia. La primera es el machista progresista, un hombre que se cree inmune al patriarcado porque su chaqueta de pana ha absorbido todas sus lecturas de Marx y, con suerte, un par de páginas de Simone de Beauvoir. No ve la necesidad de revisar sus privilegios porque sus ideales lo han absuelto. Interrumpe a sus compañeras sin la menor cortesía y reparte turnos de palabra con el mismo criterio con el que se reparte el mando a distancia en casa: el que más grita, gana. Si una mujer denuncia desigualdad dentro de su propio partido, arquea la ceja con una mezcla de condescendencia y fastidio, pero sin la menor intención de hacerle caso.
La segunda especie es el feminista de escaparate. Ha entendido que el feminismo cotiza al alza. Lo compra en su versión más básica, cuando el contexto lo hace rentable, y lo exhibe como un trofeo cuando le da visibilidad o capital simbólico. No busca transformar el mundo, sino aprovecharse de la tendencia para multiplicar su propio prestigio. Dice «sororidad» con la misma naturalidad con la que un influencer menciona marcas patrocinadas. Se cuelga un pin del 8M, asiste a la manifestación con la mirada de quien cree que pasará a la historia y, si se esfuerza, hasta recita un poema de Gioconda Belli. Su feminismo es como las vitrinas de las inmobiliarias: todo brilla para deslumbrar, pero todo es inaccesible. En campaña electoral, se arremanga la camisa y jura que su partido es feminista hasta la médula, pero en las reuniones donde se toman decisiones el feminismo se esfuma como el humo. Habla de igualdad como un loro que repite sin cesar lo que oye, pero sin comprender lo que significa.
El feminismo no es un eslogan ni un hashtag. Si los partidos de izquierdas quieren ser feministas de verdad, el control debe empezar en casa. Y para eso, lo primero es dejar de confundir paridad con poder. Hacen faltan auditorías de influencia. No basta con la presencia femenina en las listas: hay que analizar la capacidad real de influencia de las mujeres dentro de los partidos. Un partido puede elegir a sus candidatas en las listas y seguir operando con la misma lógica patriarcal de siempre, como quien cambia los cojines del sofá, pero no se molesta en arreglar las goteras del techo. ¿Quién toma las decisiones cruciales? ¿Quién maneja los hilos? ¿Quién está en el núcleo del poder y quién relegado a las áreas tradicionalmente feminizadas (educación, igualdad, asuntos sociales)? Hay que medir cómo se toman las decisiones, cómo se distribuyen los espacios de palabra, cómo se gestiona el liderazgo.
También es necesario fortalecer los protocolos contra las violencias machistas para que no solo reaccionen ante casos puntuales. Un partido no es feminista por tener un protocolo, así como no es ecologista por imprimir en papel reciclado. Estos protocolos deben ser eficaces, combinando medidas preventivas, sensibilización y acciones claras cuando se cruce la línea, garantizando siempre la presunción de inocencia y un proceso justo para todas las partes. La igualdad no se construye en situaciones de emergencia, sino en el día a día: en la distribución del poder, en las decisiones que se toman, en quién tiene voz y quién es silenciado.
Finalmente, las denuncias de machismo recaen mayoritariamente en las mujeres, como si solo ellas fueran las responsables de señalar el hecho. Algunos hombres intentan deconstruirse, pero enfrentan resistencias o sesgos que deben trabajarse. Ser aliado no puede ser un gesto simbólico: es interrumpir el machismo en el momento preciso, cuestionar a un compañero que insiste en la repetición de viejos hábitos, es hacer del trabajo por la igualdad una tarea compartida, no delegada.
El machismo no opera solo en el terreno del delito, sino en el de la costumbre. No siempre deja pruebas directas —un audio, un testigo, un correo comprometedor—, pero sí huellas persistentes: decisiones donde las mujeres desaparecen sin que nadie lo cuestione, reuniones donde su voz pesa menos, ascensos que benefician siempre a los mismos. Lo que hace falta no es solo un protocolo para gestionar crisis, sino un contexto en el que la igualdad no dependa de denuncias individuales, un sistema que garantice que el poder no es un privilegio heredado por los hombres.
Y si alguien se siente incómodo con que le exijan coherencia, que no se engañe: lo incómodo no es el feminismo, sino el espejo que le pone delante.
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