Opinión | Tribuna
Una historia de piratas en nuestro mar Mediterráneo
Hoy quería comprar billetes de barco para ir a visitar a la familia y, como cada vez que entro en la web de las navieras del oligopolio balear, tiemblo: ¿800 euros por un trayecto de poco más de una hora entre Alcudia y Ciutadella para cuatro personas y un coche? Os aseguro que no marqué la opción de yate privado con champán incluido. Pero claro, aquí el truco está en que el 75% de esta barbaridad lo cubre el Estado, es decir, lo pagamos todos con nuestros impuestos. Negocio redondo para las compañías, que pueden inflar los precios hasta donde la vista alcanza y les dé la gana con la tranquilidad de que siempre habrá una red de seguridad que garantice su beneficio. Ya les gustaría a muchos pequeños comercios poder hacer eso.
Por curiosidad y para desahogar mi indignación, he mirado lo que cuesta cruzar el mar en otros países europeos.
Es decir, en Dinamarca, con un poder adquisitivo solo un poquito más alto que aquí puedes viajar con tu familia y tu coche por 18 euros (podría ser incluso menos si hubiese marcado la opción de coche eléctrico), mientras que aquí nos cobran casi 50 veces más por un trayecto mucho más corto.
Conclusión: aún quedan piratas en nuestro querido Mediterráneo.
Esto no es casualidad ni una cuestión de costes operativos. No hay más que ver lo que pasó en Galicia, donde la Comisión Gallega de la Competencia abrió un procedimiento sancionador contra tres navieras por pactar precios y cargarse la competencia. Si no hay competencia real, las compañías pueden hacer lo que quieran con los precios. Y lo hacen.

El trayecto de los piratas en el mar Mediterráneo / .
Aquí el problema no es solo que nos saquen los cuartos cada vez que queremos viajar dentro de nuestra Comunidad, sino que este modelo de negocio parasita los fondos públicos. Si estos precios fueran reales, sin ayudas ni descuentos, nadie podría permitirse viajar en barco. Pero las navieras saben que no compiten realmente en el mercado, sino en la administración: mientras el Estado (o sea, todos nosotros) les pague la fiesta, pueden seguir hinchando los precios sin que nadie les tosa.
Así que sí, estoy indignado. Porque no hablamos de un lujo, sino de un transporte esencial entre islas. Y lo que debería ser un servicio público accesible, se ha convertido en una máquina de hacer dinero para unos pocos a costa de sus conciudadanos.
¡Al abordaje de nuestros bolsillos! Solo nos queda pagar o ahogar las penas en ron… si es que nos queda para el ron.
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