Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Tribuna

La sustancia de un Óscar

Dennis Quaid, la directora Coralie Fargeat y Demi Moore en Cannes.

Dennis Quaid, la directora Coralie Fargeat y Demi Moore en Cannes. / AP

La sustancia es esa película que Hollywood necesitaba: un reflejo cruel de su ciclo interminable de autoengaño y superficialidad, mientras lo dinamita desde dentro. ¿Qué mejor forma de mostrar el vacío y la lucha insostenible por la perfección estética que este grotesco festival de vanidad y descomposición? Coralie Fargeat no solo retrata la esencia misma de la industria de Hollywood, la despoja de su glamour: brillante por fuera, podrida por dentro, como un cadáver maquillado para su último papel. Una maquinaria que consume a sus estrellas mientras las adora y las descarta sin piedad cuando ya no cumplen con sus expectativas. Que glorifica el éxito mientras tritura a quienes no pueden sostenerlo. Que venera la perfección —siempre que sea joven y venga acompañada de una sonrisa impecable—, pero no tolera la vulnerabilidad ni el fracaso.

La sustancia no es solo una película; es una disección quirúrgica de la obsesión contemporánea por la eterna juventud y el culto a la belleza. Cada fotograma está diseñado para enfrentarnos a esas verdades que preferimos esconder en el armario de lo incómodo: la fragilidad del cuerpo, el ocaso de quienes alguna vez brillaron y, por supuesto, la edad, esa cifra que pesa como una condena. Pero la belleza —ah, la belleza— es una ilusionista implacable. Nos vende el culto al cuerpo, a la juventud, al éxito impoluto.

Hollywood prefiere películas que se devoran sin esfuerzo, que deslumbran sin incomodar demasiado, como un festín sin resaca. La sustancia hace justo lo contrario: es un espejo roto que refleja los fragmentos de nuestras propias inseguridades, esas que intentamos ocultar con filtros, retoques y promesas vacías de eterna belleza. Pero enfrentarse al espejo no es fácil; el reflejo puede resultar insoportable. Al fin y al cabo, ¿quién quiere saber lo que realmente ocurre cuando se inyecta la sustancia? Mejor ignorar esos detalles morbosos y dejarnos hipnotizar por una Demi Moore prisionera de su propia imagen, donde cada sonrisa suya se convierte en el reflejo de nuestra propia mentira. Su actuación es un delirio de desesperación, belleza rota y dolor reprimido, todo ello expresado en una mirada que se deshace mientras el mundo a su alrededor se derrumba. Una interpretación soberbia que deja claro que los Óscar también deberían premiar lo superficial, lo inquietante y lo profundamente perturbador.

Demi Moore, renacida y reinterpretada en su papel de Elisabeth Sparkle, no se limita a actuar; se arriesga, se descompone, se reconstruye. Cuando Sue, su versión joven y perfecta, surge literalmente de su espalda, no podemos evitar estremecernos. La actriz logra que, a pesar del horror de la trama, sea imposible apartar la mirada. Porque ella es, en el fondo, nuestra musa oscura. Nos representa, aunque nos duela admitirlo. Nos da una lección incómoda: el cuerpo y la juventud se desvanecen ante los ojos del mundo. Nos estampa en la cara lo doloroso y desagradable de la existencia. Como dijo Rilke: «La belleza no es más que el comienzo de lo terrible».

Pero ella sacrifica todo en una representación absurda de lo que la sociedad exige: seguir, seguir, seguir, aunque sea a costa de perder lo que nos hace humanos. Y en medio de esta fábula distópica de quirófanos y alfombras rojas, Demi Moore consigue que sintamos empatía. Nos hace reír, llorar y temblar, todo al mismo tiempo. Una actuación como esta no solo merece reconocimiento; lo exige. Es un acto de justicia cinematográfica hacia una mujer que ha entregado más de cuarenta y cinco años de su vida a una industria voraz, que la redujo a una «actriz de palomitas», apreciada solo por los números en taquilla. Porque la verdadera justicia no es el premio que Hollywood otorga. La verdadera justicia es premiar la valentía de una actriz que, contra todo pronóstico, decide seguir luchando, incluso cuando el mundo le exige desaparecer.

Por todo lo que representa, tanto el óscar a Mejor Película como el óscar a Mejor Actriz deberían ser suyos. Ella, con la estatuilla en mano, sería la prueba de que, incluso en la reinvención más dolorosa, siempre hay espacio para la gloria. Que gane ella. Que gane esta película, que es un grito ahogado de lo que preferimos ignorar. Porque, al final, el cine, como la sociedad que lo consume, prefiere el brillo falso a la cruda realidad. No hay nada más cierto, ni más real, que la mentira bien contada, bien maquillada, bien inyectada. Y, en este caso, esa mentira, aunque envenene el alma, es lo que, irónicamente, hace brillar a la película y a su protagonista como nunca.

TEMAS

  • Opinión
  • Justicia
  • Industria
Tracking Pixel Contents