Opinión | Tribuna
Urnas rosas, votos sin derechos
No es casualidad que quienes rechazan el matrimonio homosexual y exaltan la «familia tradicional» ahora acojan a figuras LGTBIQ en sus filas

Alice Weidel, dirigente de Alternativa para Alemania (AfD) / Kay Nietfeld/dpa
Alice Weidel, economista, lesbiana y líder del partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD), nos ofrece un espectáculo digno de un circo de tres pistas. Imaginemos el escenario: a un lado, la estrella del show, la lesbiana ultraconservadora que ondea, casi de manera furtiva, la bandera arcoíris. En el otro, su partido xenófobo, racista y homófobo que exige el retorno a los «valores tradicionales» y a una «Alemania pura». La escena es tan absurda como un león haciendo malabares con pelotas de tenis mientras advierte: «No tengo nada en contra del circo, pero no me pidan que salte por el aro».
Lo que presenciamos es una farsa perfectamente montada. La AfD no solo se vende como la nueva marca de la «inclusión», sino que ha convertido la contradicción en su principal producto. En un mundo donde la política se juega más en las redes sociales que en los Parlamentos, la presencia de Weidel y su grupo de apoyo LGTBIQ es una jugada maestra de manipulación. No es casualidad que quienes rechazan el matrimonio homosexual y exaltan la «familia tradicional» ahora acojan a figuras LGTBIQ en sus filas. No porque les importen sus derechos, sino porque, como hábiles estrategas políticos, han descubierto el truco: con una lesbiana en el equipo, puedes pasar por inclusivo. ¿Y qué hay más inclusivo que un partido xenófobo, euroescéptico y homófobo con una lesbiana al frente?
En ciertos contextos, la extrema derecha ha refinado su estrategia. Ya no recurre tan abiertamente a las leyes de moralidad que usaba para estigmatizar a las personas LGTBIQ. Ahora, su ataque se ha vuelto más sutil, camuflado bajo el disfraz de la tolerancia, con la condición de que eviten hablar de matrimonio y no hagan demasiado ruido. Pero esa tolerancia es condicional y la inclusión, solo un decorado. Bajo la alfombra, la misma agenda de siempre: rechazo al matrimonio igualitario, desprecio a los refugiados, oposición a la integración. Lo irónico está en que no pueden evitar recalcar que, si eres lesbiana, puedes votarles, pero no se te ocurra exigir derechos reales. ¿Te suena el matrimonio? «Nosotros no tenemos problema con que viváis juntos, pero no lo llaméis matrimonio». Es la política de la jaula dorada: puedes existir, pero no intentar salir de sus muros. Diversidad domesticada, tolerancia controlada.
En manos de la extrema derecha, la diversidad no es respeto ni aceptación; es confinamiento disfrazado de inclusión. La AfD se presenta como bastión de la tolerancia, pero solo para quienes acepten vivir bajo su particular definición de normalidad. Porque, seamos claros, ser lesbiana y tener que callar ante un partido que niega tu derecho a casarte es la clase de «inclusión» que se puede encontrar en AliExpress.
El truco es el de costumbre. Los derechos se disfrazan de mercancía envuelta en la promesa de «libertad para todos», siempre que esa libertad no desborde ciertos límites. La fachada brilla lo suficiente como para parecer moderna, aunque el fondo siga oliendo a cloroformo. Es como comprar una caja de bombones envenenados envueltos en papel de seda: seductores por fuera, letales por dentro.
Lo sorprendente es que el truco funciona y que haya quienes caen en él una y otra vez. El voto LGTBIQ en la extrema derecha no es nuevo, por insensato que parezca. En 2012, una encuesta del Centro de Investigaciones Políticas de París (CEVIPOF) reveló que, en las elecciones presidenciales de ese año, Marine Le Pen obtuvo casi el mismo porcentaje de votos entre heterosexuales (19,5%) que entre no heterosexuales (19%). Al final, siempre habrá quienes prefieren sentirse incluidos antes que exigir sus derechos. Es como ser obrero y votar por quien te recorta el sueldo, o como ser inmigrante sin papeles y aplaudir a quienes quieren deportarte. Se trata de la paradoja de defender a quienes te desprecian, con la esperanza de que, tal vez, hagan una excepción contigo.
De hecho, la historia está llena de momentos en los que las identidades sexuales y de género se han utilizado como cortina de humo. ¿Recordamos cuando los nazis apelaban a ciertas «costumbres alemanas» para ganar adeptos entre los sectores más conservadores? ¿O cuando intentaban atraer a las mujeres con discursos profamilia, solo para luego devolverlas a casa a cuidar de los niños?
¿Cuánta de esta tolerancia vigilada es real y cuánta un mero blanqueamiento electoral? La respuesta está en la estrategia de la extrema derecha, esa que se presenta como fresca y moderna, pero que recurre a las mismas artimañas de siempre —dividir, enfrentar y excluir—, pero ahora con un toque arcoíris.
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