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Elon Musk es Willy Wonka
El hombre más rico del Universo preferiría ser Alejandro Magno, pero se ha quedado en el genio inadaptado, manipulador y torturador de la fábrica de chocolate
Revisar hoy ‘Charlie y la fábrica de chocolate’ obliga a plantearse cuántas obras de mérito pasan desapercibidas en su estreno. La evolución entre la versión de Tim Burton con dos décadas de antigüedad, y la empalagosa ‘Wonka’ actualizada con Timothée Chalamet, también mide la degradación desde una sociedad que exigía prácticamente la transgresión hasta el imperio actual de la cancelación.
Sobre todo, hay algo inconfundible en la mueca del protagonista de la película y de la narración de Roald Dahl ante la torpeza de los seres humanos, en la semisonrisa condescendiente. La conexión surge inevitable, Elon Musk es Willy Wonka. El hombre más rico de la historia del Universo preferiría equipararse a Alejandro Magno con su hijo insoportable a rastras, pero se ha quedado en el genio inadaptado, manipulador y torturador de la fábrica de chocolate.
Las conexiones se disparan en direcciones peligrosas, el maligno Dahl adquiere el perfil de agorero. Wonka y Musk, por orden de aparición, son dos personajes torturados físicamente por sus padres respectivos. En ambos casos, el genio empresarial surge como una reacción contra la opresión paterna. Utilizan sus logros como el antídoto contra la discriminación sufrida por parte de sus semejantes. Con su aspecto de muñecotes inflados, se resignan a una impopularidad sin redención posible. No quieren inclusión, solo venganza.
En el tocado, Wonka y Musk recurren también a sombreros extraños pero bien encajados, de copa y de béisbol. No quieren ocultar su identidad, en el fondo están descontentos de sí mismos. También se asemejan en su pasión por los experimentos peligrosos con niños malcriados, un segmento que en Occidente abarca de los siete a los setenta años. Ambos geniecillos se asombran ante los seres humanos porque no los entienden. Se desentienden olímpicamente de sus semejantes.
Es imposible saber qué impresión le ha causado una persona a Wonka o Musk, con su agenda programada en intervalos de cinco minutos. Solo operan con los grandes números. Cuando el chocolatero lanza el concurso para que cinco niños afortunados visiten sus instalaciones fabriles, se desata la misma pasión planetaria que si Musk promoviera una selección de sus primeros viajeros a Marte. De hecho, el paisaje exterior de la fábrica diseñada por Tim Burton posee una polvorienta impronta marciana.
Wonka y Musk no aspiran a encontrar soluciones, sino a monopolizar el planteamiento de los problemas. El mundo orbita a su alrededor, en la ciudad construida en torno al chocolate o en el planeta circundado por los satélites de SpaceX. Las víctimas de sus desvaríos componen un despreciable daño colateral. El propietario de la red social X es el rey de los despidos masivos, y por eso fichó Trump al megamillonario sudafricano para aligerar la administración estadounidense.
Su mantra es que ofrecen resultados. Los manantiales de chocolate líquido de Wonka fluyen sin interrupción, el mundo se comunica gracias a las alambradas onduladas de Musk. Esta eficacia, medida en cientos de miles de millones de euros de beneficio personal, justifica los daños colaterales. Ambos empresarios se gobiernan por una crueldad indiferente, por la obediencia indeformable al plan trazado.
Experimentar es la gran coartada de Wonka y Musk, someter a la realidad a sus caprichos desde el desprecio absoluto a los efectos secundarios de sus chaladuras. Esta vocación disruptiva se mueve entre el caramelo que no pierde ni una pizca de diámetro después de ser paladeado durante semanas, hasta los implantes neuronales de Neuralink. Los seres humanos son un caudal inagotable para abastecer a estos inventores desenfrenados. En un supuesto cuento infantil, el chocolatero tortura y deforma salvajemente a cuatro niños insoportables, a cambio de salvar a un quinto con resonancias crísticas. La coartada establece que los torturados merecían sobradamente el castigo. También el autor de Tesla destila a los mejores veinteañeros de su generación antes de extraer a la media docena que han puesto patas arriba a la burocracia más elaborada de la Tierra, los Estados Unidos de América.
La soberbia no es creerse Wonka o Musk, sino atreverse a tutearlos desde la página escrita. La proporción entre el copresidente estadounidense y un español acomodado es de dos millones de euros a uno. Es decir, el hombre más rico de la historia del Universo gasta una cifra millonaria para sufrir el mismo impacto que un burgués desahogado al desprenderse de un par de euros. Como dijo Steve Bannon, «Musk puede firmar un cheque de 250 millones sin la mínima alteración en sus circunstancias». Es la cantidad que aportó a la campaña de Trump.
En la penúltima curiosidad compartida por los dos pérfidos geniecillos, los UmpaLumpas de cincuenta centímetros de altura que mantienen en funcionamiento la fábrica de chocolate equivalen a los enanos que trabajan gratuitamente para el gran dictador en sus redes sociales. Cambian de vestuario y de coreografía, pero solo para disimular que en realidad bailan la música del último ejemplar del flautista de Hamelín, otro artista que simboliza a Wonka/Musk. O viceversa.
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