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Opinión | Tribuna

Emilia Pérez y la moral de usar y tirar

Escena de 'Emilia Pérez'.

Escena de 'Emilia Pérez'. / Filmaffinity

Hollywood ama las historias de redención, pero solo cuando encajan en su guion. Este año, la gran protagonista del drama es Karla Sofía Gascón, una actriz que ha pasado del aplauso histórico a la cancelación fulminante. Gascón protagoniza Emilia Pérez, la película de Jacques Audiard con trece nominaciones a los Óscar. ¿El detonante? Una colección de tuits deplorables cargados de racismo e islamofobia, entre otras fobias, escritos con la misma ligereza con la que otros se toman un café. Un clásico de nuestro tiempo: la caída de los ídolos a golpe de pantallazo.

Lo revelador de este asunto no es tanto la existencia de esos mensajes (hoy en día nadie está a salvo de su propio pasado digital) como la velocidad con la que la maquinaria cultural pasa de la beatificación a la excomunión. Hace apenas unas semanas, Gascón era el símbolo del progreso en Hollywood: la primera mujer trans nominada a mejor actriz, el emblema de un Hollywood que presume de inclusión. Ahora es un producto defectuoso retirado del mercado tras descubrirle un insecto en su interior. El juicio es instantáneo y la condena, inapelable. Queremos sangre.

Pero —y aquí viene la ironía— no queremos la sangre de los poderosos, sino la de quienes nos vendieron como símbolos de cambio. La Academia de Hollywood, siempre dispuesta a premiar a directores acusados de abuso sexual o a actores con pasados turbios, solo se apresura a reaccionar cuando el escándalo salpica su propio discurso oficial. Lo que realmente les incomoda no es el historial de Gascón, sino que el escándalo empañe su relato de progreso. Si el problema fuera realmente el pasado oscuro de sus premiados, más de uno tendría que devolver la estatuilla. Es un ejercicio de cinismo perfecto: si los valores que defendemos se ven amenazados por nuestra propia elección, nos deshacemos de la elección, no de los valores. La ética, un producto de estantería, como los premios.

A la cascada de cancelaciones ya en marcha —libro retirado, ausencia en los Goya, veto promocional de Netflix—, se suman olas de comentarios pidiendo que se retire su nominación al Óscar a Mejor Actriz. La cultura del despelleje rinde bien en redes sociales, y en Hollywood, donde todo es business, pocas cosas resultan tan fáciles como sacrificar a un peón caído. Gascón no es la primera ni será la última en experimentar la moral de usar y tirar. Un día eres el futuro, al siguiente, un expediente a borrar.

En paralelo, resulta curioso que Emilia Pérez se haya vendido como un hito de la representación trans cuando su argumento —un narco mexicano que se somete a una cirugía de reasignación de sexo para huir de su pasado— no es más que un cóctel de exotismo y violencia diseñado para el consumo occidental. La crítica mexicana ha sido despiadada con la película por perpetuar estereotipos y ofrecer una visión banalizada de la identidad trans. Pero claro, eso a la Academia no le quita el sueño. Lo que importa es sostener la ilusión de inclusividad, aunque se construya sobre los cimientos de una historia prefabricada para ganar premios.

El caso de Gascón muestra, una vez más, cómo Hollywood desecha sus símbolos cuando dejan de ser rentables. La misma industria que promocionó su inclusión como una victoria histórica, ahora la convierte en una actriz que, de un día para otro, ha dejado de ser una buena inversión simbólica. Este giro repentino confirma lo que ya sabíamos: la moral de Hollywood es oportunista y calculadora. No es que la industria se preocupe de verdad por la justicia social; es que necesita parecer que lo hace. Ayer, la actriz era un estandarte; hoy, un lastre para la imagen pública de la industria cinematográfica. El cine sigue siendo un espejo de la sociedad, pero no nos engañemos: el reflejo no es el nuestro, sino el de lo que Hollywood quiere que veamos.

La verdadera lección, tal vez, no radica tanto en la polémica de los tuits ni en la cancelación exprés, sino en la rapidez con la que los discursos mutan según la conveniencia del momento. No hay principios firmes, solo estrategias oportunistas. Y así, como siempre, nos enfrentamos a la farsa de un mundo que cambia de máscara según sopla el viento.

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