Opinión
Aperitivos cinematográficos
Las dificultades de los cines para recuperar un flujo recurrente de asistencia a sus salas no se acabaron con la pandemia. Al contrario. La consolidación de una oferta amplísima al alcance del espectador sigue hoy en día erosionando dicha afluencia. Para sus visitas al cine el espectador medio tiene bien identificadas aquellas películas merecedoras de una experiencia en pantalla grande, casi siempre comedias familiares, películas de elevado presupuesto y grandes franquicias. El dinero, por supuesto, también tiene mucho que ver. El precio de una entrada y demás gastos derivados, como las palomitas, anima a muchos a esperar a que el estreno de turno llegue a la plataforma que tienen contratada. O a piratear, una práctica que, lejos de ser minoritaria, se ha convertido en algo habitual ante la multitud de contenidos atractivos que bombardean al usuario, procedentes de servicios que no se tiene interés alguno en contratar.
Los cines pelean con el arsenal que tienen a su alcance. Un buen taquillazo siempre ayuda. También los planes de fidelización, los descuentos y la creación de programaciones especiales. Junto a estas fórmulas clásicas, ha comenzado a abrirse otra estrategia que afecta directamente a los contenidos, con Corea del Sur como primer circuito de pruebas. Se trata de estrenar películas más cortas en duración que un filme convencional y a un precio considerablemente menor al habitual. Con esta iniciativa pretenden revitalizar una taquilla que no parece levantar cabeza, especialmente entre los más jóvenes.
4:44: time of fear es la primera de estas películas aperitivo, un thriller de terror con una duración inferior a una hora protagonizado por ídolos del K-Pop. En realidad, se trata de un compendio de ocho cortometrajes de 4 minutos y 44 segundos de duración (de ahí su título) que se centran en las vidas de los residentes de un complejo de apartamentos. Se estrenó el pasado 1 de noviembre con las entradas a menos de 3 dólares, una tercera parte del precio medio habitual en dicho país. Y hasta la fecha ha recaudado más de 131.000 dólares. Lo más curioso del asunto es que se trata de una iniciativa impulsada por una cadena de cines, Lotte Cinema, con la intención de seducir a esa generación para la que las redes sociales como TikTok y la demanda de contenido breve son elementos fundamentales de su tiempo de ocio y entretenimiento.
De momento, esta iniciativa tiene una escala demasiado pequeña como para poder evaluar su impacto. Pero sin duda vuelve a poner sobre la mesa un problema que preocupa a la industria: seducir a la generación Z, su audiencia más esquiva. La apuesta de Lotte Cinema parece confiar en que un cambio de planteamiento en las convenciones narrativas del cine clásico podría funcionar. Si el formato snack es la base del triunfo de TikTok, compactar historias usando rostros conocidos como gancho podría funcionar a la hora de eliminar la tradicional reticencia de este grupo demográfico. Si funciona, además, sería una oportunidad extraordinaria para los cortometrajistas, que luchan contra un sistema en el que la comercialización de este tipo de formatos es residual y está bastante desconectada del gran público.
El debate en torno a qué necesitan las salas para sobrevivir frente a los nuevos hábitos de consumo tiende a concentrarse en el coste-beneficio de la experiencia que se ofrece, el atractivo del espacio y la mejora de todas las palancas que llevan a la gente a los cines. La respuesta, desde este ángulo, es sencilla: buenos títulos, buenas campañas de promoción, un precio razonable, un servicio interesante de restauración y un entorno agradable.
Pero rara vez se analiza a la competencia, es decir, el entorno que los retiene, su comodidad, su inmediatez, su proximidad, su rotación de estrenos, su impacto cultural... Sí, el cine sin duda es una experiencia inigualable, pero la atención tiene una durísima competencia en los móviles, cuya recurrencia en el uso le da a su consumo una relevancia con la que los cines no pueden ni soñar. Aferrarse a la estructura canónica del storytelling, por cómodo que resulte, no parece a estas alturas una solución realista. Tal vez dar entrada a nuevos formatos y evolucionar sea el bote salvavidas que los cines tanto necesitan.
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