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Opinión | CRÓNICAS GALANTES

El derecho a la majadería

El viejo Twitter recordaba, como el actual X, a la barra de un garito de madrugada

Elon Musk.

Elon Musk. / Ringo Chiu

Miles de usuarios han comenzado a volar de X (antes, Twitter) desde que el riquísimo Elon Musk compró esa pajarera, con los pájaros incluidos. Alegan los disidentes que ya no mola trinar gorjeos en un espacio lleno de bulos, desinformación, incitaciones al odio y, en general, majaderías. O sea: lo propio de una red social que se precie.

Tarde han piado su descontento. En realidad, Twitter ofrecía ya en su origen lo mismo que ahora, es decir: un canal para la difusión de opiniones y, lo que es peor, de supuestos contenidos informativos. A diferencia de los medios tradicionales, las redes no comprueban la veracidad de lo que en ellas se publica: detalle que sin duda ha favorecido su rápida expansión. Y luego pasa lo que pasa.

El viejo Twitter recordaba, como el actual X, a la barra de un garito de madrugada. Sin más que abrirse una cuenta, los parroquianos podían largar lo primero que le viniese a la cabeza. A continuación, se producía el cruce de insultos propio de estos ambientes tabernarios, para gozo de los participantes y del público en general. Sobra decir que los gobernantes se apuntaron de inmediato al canal de la gresca.

No se trata de una particularidad de la que fue red del pájaro azul, antes de que Musk lo cambiase todo -incluso el nombre- para que todo siguiera igual. También en Facebook, que sigue siendo la más utilizada, abundan los mentecatos resueltos a escribir sandeces al por mayor, sin excluir las trolas y las incitaciones al odio. Y no hace falta bucear demasiado en los vídeos de TikTok, los reels de Instagram o los shorts de YouTube para encontrar toda suerte de desechos de la inteligencia. Si acaso, Twitter pareció espolear en su día la creatividad al reducir a solo 140 caracteres el límite máximo de un mensaje.

Parecía el formato ideal para la invención de epigramas: esas frases breves y adornadas por el ingenio que tanto frecuentaron los clásicos. «Nerón quiso que Roma fuera honrada; así podía robar él solo», decía por ejemplo Marco Valerio Marcial, famoso poeta romano nacido en Calatayud. «Érase un hombre a una nariz pegado, érase una nariz superlativa; érase un pez espada muy barbado», escribió a su vez Quevedo para afrentar a Góngora, que al parecer no le caía bien.

No abundan, lamentablemente, los quevedos y los marciales en X/Twitter, donde el exabrupto sustituye por lo general a la sátira y el epigrama.

Al usuario se le ahorra incluso la fatigosa tarea de escribir. Poco a poco, las redes se han ido pasando al formato del vídeo corto, que sus adictos consumen dándole al rollo (o haciendo scrolling, que suena mejor) de arriba abajo. A favor de TikTok, la última en irrumpir en escena, podría decirse que convida a sus usuarios a dar un paseo cuando sus algoritmos advierten que llevan más horas de lo razonable viendo tonterías. Tampoco hay que tomarla con los rederos, que a fin de cuentas cada uno es libre de hacer lo que le pete. Al contrario. Si Paul Lafargue, el yerno listo de Carlos Marx, abogó en su día por el derecho a la pereza, ninguna razón hay para no defender el derecho a la majadería. Quizá debieran pensárselo los desertores de Twitter.

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