Opinión | Al azar
Juan Carlos I rueda ‘Sin perdón’

Juan Carlos I. / EFE
Sergio Leone afirmaba de Clint Eastwood que «solo tiene dos gestos, con sombrero y sin sombrero». El repertorio de Juan Carlos I solo consta de dos muecas, con corona y sin corona. La querella recién interpuesta contra el «Rey Honorífico», denominación para quitarse el sombrero, corre a cargo de clásicos como Clemente Auger, Martín Pallín, Jiménez Villarejo o Pérez Royo, de impecables currículums judiciales y académicos. Aparte de certificar la refrescante y contagiosa vitalidad de los querellantes, la memoria traslada este gesto a una reedición de Sin perdón, un western más invernal que otoñal.
El desenlace penal de esta «acción popular» ante el Tribunal Supremo es más que previsible, pero la inevitabilidad refuerza el coraje de los veteranos que se niegan a ser vetustos. Si el país adormecido vibrara con la excitación de estos ilustrísimos jubilados, rebrotaría la esperanza. Lástima que el encontronazo con el Honorífico de «residencia actual en Abu Dabi» no pueda dirimirse en horario de máxima audiencia, porque desbancaría a las payasadas carpetovetónicas de Motos y Broncano.
Los autores del nuevo Unforgiven denuncian los imperdonables «delitos agravados contra la Hacienda pública» del Honorífico, un sheriff tan egoísta como el personaje de Gene Hackman. Reconforta que los pistoleros de retirada se revuelvan frontalmente contra la maniobras del sistema judicial en favor de los poderosos, para librar una última batalla colocando un espejo humeante y husmeante ante el favoritismo de sus colegas. Aunque solo sea un artificio contra la monumental capacidad de olvidar, la querella debe ser bienvenida. Pese a todo, tiene una cara B. La inesperada acción demostrará, así en Borbón como ya ocurriera en Agnelli, la fascinación que ejerce el acusado. Se desnudará la evidencia de que ni Annie Leibovitz ni todo el oro del mundo pueden insuflar a Felipe VI el carisma de su padre.
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