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Opinión | Tribuna

El día en que una DANA asoló la ciudad de Palma

Representación de la lluvia acumulada fuera de la muralla de Ciutat.

Representación de la lluvia acumulada fuera de la muralla de Ciutat.

Ya nadie lo recuerda porque todos están muertos: los que aquella noche perecieron y los que tuvieron la desgracia - tal vez mayor - de verlo. Fue la madrugada del catorce de octubre de 1403. Más de cuatro mil muertos en una ciudad de apenas veinte mil habitantes. En cuestión de minutos, infinidad de casas fueron abatidas y cientos de personas arrastradas hacia el mar, mezcladas con árboles, piedras, barro, animales, enseres.

Un enorme almez que crecía a la puerta del convento del Carmen fue arrancado de cuajo, y las puertas del convento – que ya estaba donde hoy, en la Rambla - aparecieron días después, flotando en el mar, entre cuerpos de personas y animales. La mayoría de las casas estaban hechas de tapial – una mezcla apisonada de tierra y piedras - y se desplomaron en instantes.

¿Cómo pudo suceder todo aquello? ¿Cómo un torrente aparentemente inofensivo pudo causar tal estropicio? En aquel tiempo la Riera - Exekin se llamó hasta la conquista de 1229 - cruzaba por el interior la ciudad amurallada siguiendo el trazado de las actuales Rambla, Unió y Born. Pero su caudal no debía ser muy diferente al actual puesto que su cuenca era la misma. ¿Qué pudo ocurrir entonces? Por muy intensa que fuera la lluvia, la crecida habría sido paulatina, dando tiempo a ponerse a salvo. Pero lo que ocurrió no fue un simple desbordamiento. El notario Mateo Salcet dejó constancia del horror en un acta que viene reproducida en el Cronicón Mayoricense.

Pero ¿cómo pudo ocurrir? La Riera cruzaba la Palma amurallada con un cauce estrecho y terroso, en el que sin duda crecían cañas, juncos y matas. Lo cruzaban nueve puentes que cosían las dos partes de la ciudad. Dos de ellos estaban junto a la Plaça des Mercat, el espacio urbano más amplio, rodeado de alberchs (alfondechs se llamaban antes de la conquista), albergues con patio central rodeado de cubículos donde mercaderes y payeses, con sus asnos, podían pernoctar y guardar sus mercancías. Un camino terroso, limitado por paredes de casas y huertos, bordeaba el cauce del torrente en todo su recorrido. Este torrente desembocaba en el mar cruzando bajo un puente que, pegado a la cara interior muralla, unía la Costa de la Seo con Apuntadors en lo que hoy es plaza de la Reina. Bajo este puente, y por un arco abierto en el muro, salía la riera al mar lamiendo s’Hort del Rei. El actual paseo Antoni Maura era ya mar.

La acumulación de agua fuera del recinto amurallado de Palma

La acumulación de agua fuera del recinto amurallado de Palma / Carlos García-Delgado

Pero ¿cómo ese pequeño torrente pudo causar tanto destrozo? La respuesta está en un error humano. Porque lo que asoló la ciudad no fue un desbordamiento paulatino, sino una enorme ola. Su origen estuvo en el desafortunado diseño de la muralla en el punto por donde el torrente entraba en la ciudad, siguiendo la actual Vía Roma y a través de otro arco abierto en el muro. Quiso el diablo que, en esa entrada, la topografía del terreno exterior formara una vaguada, que todavía hoy se aprecia a ambos lados de Vía Roma. Una verja -la Corredera- cerraba por las noches el arco de entrada. Pero aquella vez las lluvias torrenciales arrastraron tal cantidad de ramas y piedras que llegaron a cegarlo. Y se formó un gran embalse en la vaguada exterior.

En el libro Las raíces de Palma pudimos reconstruir la topografía original de esta vaguada, calcular su extensión, y calcular el enorme volumen de agua acumulado tras la muralla. Un embalse de unos ocho metros de altura, a los que había que añadir la cota de su base sobre el nivel del mar, otros quince metros. Una masa de unas mil toneladas de agua gravitando sobre la ciudad baja. Naturalmente, la endeble muralla medieval estaba preparada para resistir el impacto de proyectiles ligeros, flechas o piedras, pero no para una presión hidrostática que acabó por derribarla con violencia. Y la ola devastadora barrió la ciudad baja en cuestión de segundos.

Han pasado más de seis siglos. El cauce de la Riera fue desviado por fuera de la ciudad en 1613 aprovechando el foso de la muralla renacentista, tal como hoy lo vemos en Passeig Mallorca y Baluard de Sant Pere. Pero el trazado antiguo del torrente, siguiendo las calles Rambla, Unió y Born, permanece todavía como un surco sinuoso, abriéndose paso entre el tejido abigarrado de la ciudad antigua; como una memoria muda de aquella inimaginable tragedia.

Recorrido de las lluvias torrenciales por el antiguo cauce de sa Riera

Recorrido de las lluvias torrenciales por el antiguo cauce de sa Riera / Carlos García-Delgado

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