Opinión
Ya nadie tiene quien le escriba
El 22 de marzo de 1967, Groucho Marx respondió, tarde, la última carta que le había enviado Woody Allen. Empieza comentándole que le han contado que está «decepcionado (o molesto o feliz o ebrio)» por la tardanza en la respuesta. Y añade: «Ya sabes, claro, que enviar cartas no da dinero, salvo que se trate de una carta de crédito recién llegada de Suiza, o de la mafia (...). No sé de dónde sacas tanto tiempo para la correspondencia».
Tiempo y dinero. En tres frases, que además anticipan una carta desternillante, Groucho señalaba ya las dos monedas de cambio de nuestro siglo. Quizá por eso, 60 años después, la humanidad ya no se cartea y ha inventado las notas de voz. No tenemos ni tiempo ni dinero que regalar. Esta semana, he leído un libro delicioso (Ara, i cada demà, de Glòria Gasch, Empúries) basado precisamente en cartas que podrían haberse escrito nuestros padres en su juventud y uno cae en la cuenta de que los que hoy tenemos más de 40 años hemos vivido en la prehistoria, antes de la revolución tecnológica que ha dado la transformación más veloz de la historia de la humanidad (hasta el momento).
Seremos especímenes dignos de estudio por haber vivido en las dos eras y quizá se estudiarán las cartas que aún conservamos, un trozo físico de un mundo que ya no existe. Gentes que hacían un hueco en su día para pensar qué quería decirle al destinatario (pensar primero la frase, escribirla después), que la letra saliera bonita y sin faltas (¡porque había tantísima información en ese gesto!), doblar con cariño, comprar el sobre y el sello, ir al buzón y quedarte con las manos vacías, literal y emocionalmente, cuando la carta desaparecía por la ranura. No había vuelta atrás. Dicen que en esta generación se escribirá la última carta, aunque no lo creo. A pesar de que muchos ya hemos caído rendidos a la practicidad de las notas de audio, este nuevo hábito recupera algo del espíritu de la carta.
En 2024, escribir una carta es casi un acto anticapitalista: una pausa en un mundo que nos exige producir y avanzar constantemente. O cosa de ricos en tiempo y dinero. O sea que se trata, una vez más, de lo de siempre.
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