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Opinión

Tomar en serio que, tras la tempestad, no vendrá la calma

Los vecinos de Aldaia realizan tareas de limpieza tras la DANA de Valencia.

Los vecinos de Aldaia realizan tareas de limpieza tras la DANA de Valencia.

La DANA que, pese a las múltiples incidencias ha limitado su furia Balears, deja un cruel balance en España, sobre todo en Valencia, sumida en una gran devastación, una inmensa tristeza y de una creciente indignación por la deficiente gestión de la tragedia, que se ha visto desbordada ante la gran ola de solidaridad de miles de ciudadanos que armados con palas y escobas recorren kilómetros de vías embarradas para ayudar en lo que haga falta. ¿Por qué se avisó tan tarde?, la pregunta perseguirá siempre a Mazón por las muertes que podrían haberse evitado con una alerta a tiempo. Llegará la hora de las responsabilidades, ahora toca volcarse en la ayuda a los damnificados, en aparcar el rifirrafe político y remar acompasados. Tras lo visto en Valencia, en Mallorca, donde sigue muy presente el recuerdo de los trece muertos de Sant Llorenç, se impuso la prudencia y se alertó a la población del potencial riesgo de la alerta naranja, que pudo apreciarse en torrentes al límite del desbordamiento. Días atrás, el temporal había causado estragos en Porto Cristo, otro aviso en toda regla, uno más.

El agua tiene memoria, se abre paso en sus dominios y actúa como una implacable oficina antiokupación, llevándose por delante todo lo que no debería estar en su cauce. Trombas del preciado líquido discurren sin aprovechamiento y causan destrucción en territorios irónicamente azotados por la sequía. Fenómenos extremos, cada vez más frecuentes y virulentos, ponen en evidencia la obsolescencia de la inmensa mayoría de las élites políticas y económicas, incapaces de liderar una verdadera adaptación al cambio climático. Los científicos llevan tiempo alertando de la necesidad de un giro radical para evitar ese punto de no retorno que nos conduce al colapso. La elevación de la temperatura del mar ha convertido el Mediterráneo en una bomba de relojería cuyo efecto se ha visto antes en Grecia, en Libia o en las recientes supertormentas que azotaron Polonia, Austria y Hungría. Y nos siguen advirtiendo: esto no ha acabado, solo es el principio de otras catástrofes por venir. No podemos caer en el derrotismo y menos todavía acentuar las malas praxis por pensar que el apocalipsis es inevitable. Depende de nosotros. Tenemos experiencia acumulada, conocimiento científico, avances tecnológicos y herramientas para activar el tránsito a un modelo de sociedad más armónico con el planeta. Además de esa transformación de fondo, hay que articular respuestas adaptadas a los nuevos escenarios de fenómenos extremos. Respuestas que van en sentido contrario a la eliminación de la Unidad de Emergencias, como hizo Mazón al llegar a la Generalitat valenciana, o a la posibilidad de construir en terrenos potencialmente inundables, como permite Prohens en el Decreto de Simplificación y Racionalización Administrativa. Pagaremos un alto precio si seguimos anteponiendo la bolsa a la vida.

La magnitud de la catástrofe obliga a repensar los servicios de prevención, los sistemas de alerta, la coordinación de todo el potencial de asistencia en emergencias. Un informe de la Unión Europea propugna que además se enseñe a la población a responder en situaciones de crisis, desde una guerra a un episodio climático extremo. Entre las recomendaciones, que los hogares estén equipados para poder ser autosuficientes durante 72 horas en el caso de interrupción de los servicios básicos. Una especie de mochila de emergencia, que ya defendió Cruz Roja y el Centro de Investigación para el Estudio y la Observación de las Condiciones de Vida (Crédoc), tras constatar la escasa preparación de los ciudadanos ante las catástrofes registradas en Francia. Así de crudo viene el panorama, hay que tomárselo en serio.

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