Opinión | Tribuna
Fuego amigo
Nada de lo que hacemos es suficiente, ni consigue contrarrestar la visión negativa que se tiene de nuestro sector turístico
Llega tímidamente el final de la temporada, y todo suena y huele a nostálgica despedida, mientras uno echa la vista atrás y observa cómo en tan poco espacio de tiempo, han pasado tantas cosas. Hemos tenido que afrontar muchas dificultades, y superar demasiados obstáculos. Entre estos: la falta de suficiente mano de obra cualificada, la escasez de vivienda para nuestros trabajadores, la competencia desleal y la de otros destinos, las deficientes e insuficientes infraestructuras y servicios públicos y la crisis reputacional que nos ha puesto en el punto de mira de la prensa sensacionalista. Hemos combatido, sin miedo, con uñas y dientes, el fuego enemigo y, hasta el fuego amigo, porque los palos en las ruedas no solo provenían de quienes esperábamos, sino de aquellos que menos hubiéramos imaginado.
Y en este camino incierto, que aún seguimos recorriendo, lo que más nos entristece es ver cómo a pesar de todo el esfuerzo y empeño que ponemos los emprendedores en turismo, nada de lo que hacemos es suficiente, ni consigue contrarrestar la visión negativa que se tiene de nosotros. Si trabajas incansablemente, jugándotela, haciendo las cosas todo lo bien que puedes y sabes, y, además, tienes éxito, malo, porque la envidia es el deporte nacional. Si te equivocas y fracasas, también malo, porque recibirás todo tipo de críticas e, incluso, te convertirás en la comidilla social del momento. Nada es suficiente, nada es capaz de saciar las exigencias de un segmento ocioso de la sociedad balear que hace turismo y vive del turismo sin saberlo, y para quien nuestra industria y los emprendedores en este sector son los malos de la película y, por consiguiente, no tenemos (me incluyo) derecho a respirar el mismo aire que ellos respiran, y que, a fin de cuentas, a todos nos une y nos recuerda que somos vulnerables y humanos en esta vida.
Ciertamente, el fuego enemigo era de esperar. Que nos señalaran con el dedo como culpables de una masificación de la que es responsable la oferta ilegal y el pirateo era previsible. Con lo que no contábamos era con que esta versión maniquea de los hechos contara con el beneplácito del nuevo Govern balear. Quien prometió, entre otras cosas, corregir algunos de los desmanes y ocurrencias del anterior gobierno (sobre todo modificando la última reforma de la Ley Turística que aún no se ha corregido) y apoyar a los emprendedores de nuestra principal industria buscando el equilibrio y la sostenibilidad de nuestro modelo económico. De modo que, sin consultar al sector, y sin una justificación clara que cuente con un análisis concienzudo de su impacto, se anuncia una subida del impuesto turístico (que se negó en campaña electoral), sin concretar su quantum, que, además de restarnos competitividad frente a otros destinos (ante la inminente crisis económica que se avecina), fomenta y beneficia la ilegalidad de los intrusistas y piratas, en el sector de alojamiento. De paso, como quien no quiere la cosa, y contando con el inestimable papel, obligatoriamente impuesto al hotelero, de recaudador eficiente de la ecofarsa, el Govern consigue llenar las arcas autonómicas de forma más directa, rápida y eficaz que si se tuvieran que conseguir los insufribles e inalcanzables fondos Next Generation.
Es más, en esta misma línea, se echa en falta un análisis profundo sobre el recorrido de este impuesto desde su inicio hasta nuestros días. Si realmente ha cumplido el fin último para el que fue concebido, y si hoy, tras años de su implementación, podemos presumir de que las Baleares están mucho mejor que cuando se inició este camino. Porque, a fin de cuentas, esta es la pregunta crucial que hemos de hacernos y que ha de hacerse el Govern balear. O lo que es lo mismo, si el turista (el contribuyente) es capaz de percibir al volver a nuestras islas que los impuestos que ha abonado han sido bien empleados con la máxima diligencia, transformando a mejor el destino. O si, realmente, se trata de un impuesto revolucionario encubierto, una ecofarsa que solo pretende saciar el ánimo recaudatorio e insaciable de una Administración que dirige este barco que navega, desde hace tiempo, sin rumbo. No dudo de la buena intención del Govern, que lo que pretende es sacar a flote, dentro de su legislatura, proyectos útiles para las Baleares, que si dependieran de los fondos Next Generation jamás saldrían adelante. Pero, con los debidos respetos, los hoteleros pedimos prudencia, que se nos consulte antes de dar un paso en falso, porque somos responsables de un sector extremadamente sensible que sostiene económica y socialmente a las Baleares y que necesita ser competitivo para afrontar los retos y las crisis que se avecinan.
Y en este abstracto escenario, los ingenuos y desprestigiados emprendedores de la industria turística, seguimos soñando con una tasa turística justa que no tenga que recaudar el hotelero, sino que se pague cuando se compre el billete de avión o de barco; cuyo destino sea transparente cara al ciudadano y al contribuyente (el turista); que se reinvierta íntegramente en el mismo lugar donde se recaudó (lo que se recauda en Ibiza, que se destine a Ibiza), que no implique una doble tributación (sumándole el IVA) y que se controle y monitorice a través de resultados medibles y testeables para cerciorarse de que se destina a la mejora de nuestras queridas Islas Baleares.
Dicho lo cual, y tras otra complicada temporada ya superada, hoy podemos afirmar que a pesar del fuego enemigo, e incluso, en ocasiones, del propio fuego amigo, nuestro sector turístico y sus emprendedores son más fuertes y conscientes del camino que hemos de recorrer para lograr ese equilibrio que ansiamos y con el que seguimos soñando despiertos.
«La adversidad tiene el don de despertar talentos que en la prosperidad hubieran permanecido dormidos». Horacio.
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