Opinión
Alfabetización periodística para jóvenes

Influencers.
El informe de Save The Children Desinformación y la exposición a discursos de odio en el entorno digital, recientemente publicado, es una denuncia de la desinformación, los bulos, los mensajes de odio y los estereotipos a los que son sometidos los niños y adolescentes a través de internet. El estudio afirma que el 60% de los adolescentes utiliza las redes sociales como principal medio de información, al mismo nivel que la televisión, y que el 16% considera que las redes o los creadores de contenido son siempre una fuente fiable de información, un 70% si se agrupa a todos los que piensan que pueden serlo en determinadas ocasiones.
Al mundo adulto le cuesta entender que, a menudo, lo que hacen los adolescentes mientras observan su pantalla es informarse. El scroll infinito de las redes sociales y su capacidad para la multitarea en pantalla les permite, al mismo tiempo, jugar, comunicarse, cotillear, compartir su vida, stalkear cuentas ajenas, ligar, entretenerse y también informarse. Las grandes noticias, de una forma u otra, les llegan. La clave es justamente esa: de qué forma.
Desde el mundo del periodismo, hace tiempo que se reflexiona al respecto. Hay toneladas de autocrítica, resumida en la dificultad que los medios de comunicación tradicionales han mostrado para entrar en el nuevo ecosistema mediático, lo que viene a resumirse en la frase «atraer a las audiencias más jóvenes», el santo grial de sector. Hay muchos lamentos también: desde la dificultad para generalizar modelos de pago por suscripción hasta la competencia desleal de múltiples comunicadores, influencers y creadores de contenido que compiten en el mismo mercado de la atención y por el mismo pastel publicitario, sin engorros como los códigos deontológicos y la responsabilidad editorial.
El entorno digital no le presenta al periodismo retos que le sean desconocidos. El periodismo sabe, desde hace tiempo, que las informaciones presentadas de forma sensacionalista, chillona, morbosa, exagerada o directamente fraudulenta captan más atención que la elaborada de forma rigurosa. También sabe la profesión desde hace mucho que, en el mercado de la atención, este tipo de información es una forma de solventar la cuenta de resultados, sobrevivir y hasta de obtener beneficios millonarios. Y tampoco es ninguna novedad que la elección de un tipo de información o de otra tiene repercusión sobre la opinión pública y su toma de decisiones: sirva como ejemplo de todo ello el Maine, Hearst y la guerra de Cuba, por alejarnos de la candente actualidad.
Los periodistas, los editores, los anunciantes, los gobiernos y legisladores y la opinión pública navegaron durante años por estas aguas guiados por los códigos deontológicos y la responsabilidad editorial. El equilibrio era imperfecto, pero permitía una conversación pública que establecía un marco de verosimilitud, de sentido común social y unos mínimos consensos innegociables. Hay muchas formas de explicar los cambios en el panorama mediático desde el año 2000, por poner una fecha. Una de ellas es el de la proliferación de emisores que no están sujetos a la responsabilidad editorial. No la tienen, ni quieren tenerla, muchos autoproclamados influencers y generadores de contenidos ni tampoco las plataformas que les dan cabida y difusión, las redes sociales, desde X a Facebook, pasando por Instagram o TikTok. Sin nadie que se responsabilice de lo que se publica, salvo los medios tradicionales y un puñado de periodistas y profesionales de otros sectores con un elemental sentido de la responsabilidad, el sesgo sensacionalista de los algoritmos (que busca y recompensa atraer la máxima atención posible de cuanta más gente mejor) ha conducido a esta selva de fake news y discursos tóxicos que amenaza los cimientos de la democracia.
Urgen muchas cosas: regulación, códigos deontológicos, innovación y creatividad en el periodismo, etcétera. Pero también es imperativo que la ciudadanía defienda su derecho a recibir información veraz y que premie y castigue según la calidad del servicio informativo que recibe. Y necesita ayuda para ello. La alfabetización mediática es una herramienta esencial, sobre todo en los jóvenes, para luchar contra la desinformación. El periodismo, a veces opaco en sus prácticas, debería abanderarla, explicarse más allá de los grandes principios para ser comprendido. Y apreciado.
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