Opinión
Amor, háblame en la cama

Una pareja en la cama. / GETTY IMAGES
La estupenda María Jiménez grabó hace tiempo una canción en la que una mujer pide a su amante conversación horizontal: «Dime pequeñeces. Cuéntame tus penas y tus alegrías, pero háblame en la cama. Háblame». A pesar de su alto voltaje erótico, la letra adolece de cierta inverosimilitud, pues las grandes charlas de pareja suelen producirse antes del ars amandi o, mucho mejor, al día siguiente. Aunque sería muy interesante saber en qué momento Bárbara Rey apretó el botón de la grabadora, el caso es que el contenido de los audios filtrados ha vuelto a remover el estanque sin que acabemos nunca de sacar el agua en claro.
En una de las grabaciones, Juan Carlos I se refiere al general Alfonso Armada, condenado por participar en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, agradeciendo que no dijera «ni una palabra»; en cambio, se muestra resentido con Sabino Fernández Campo, quien estaría «largando» a base de bien. ¿Sobre qué asunto estaría siendo indiscreto el exjefe de la Casa Real? Quizá, vete a saber, sobre el papel del monarca en la intentona golpista. No deja de ser llamativo que el Barbaraleaks haya coincidido con el anuncio de que el Rey emérito publicará pronto en Francia un libro de memorias para impedir que le roben «el relato» de su propia historia.
El relato más extendido y vendible sobre el 23F vendría a decir que un loco llamado Antonio Tejero intentó dar un golpe de Estado asaltando el Congreso y que el Rey le paró los pies. Entre medias, caben todos los matices del gris. El novelista Javier Cercas, autor de la crónica-ensayo Anatomía de un instante, se inclina por la tesis de que Juan Carlos I participó de lleno en el acoso y derribo del presidente Adolfo Suárez, pero no así en la asonada. Hay muchas más interpretaciones. Hace justo un año Tejero declaró lo siguiente: «Yo al rey Juan Carlos lo jodí vivo. Él tenía preparado con Armada un Gobierno a su gusto. Pero hacía falta un militar que diera el golpe. Ese fui yo» (según este hilo, el emérito y el general habrían sido partidarios de un golpe blando en la forma de un gobierno de salvación). Y en el año 2000, en un artículo de prensa, Sabino Fernández Campo arrojaba tinta de calamar, muy abundante en nuestros mares, diciendo que el 23F fue un «rompecabezas» de versiones tan contradictorias que más valía dejarlo así, porque «el que busca afanosamente la verdad corre el riesgo de encontrarla».
La única forma de atajar las especulaciones y aspirar a cierta verdad histórica pasaría por la desclasificación de los documentos y grabaciones relativos al 23F. En la última década se han registrado en vano seis proposiciones en la Cámara. ¿Por qué no? Somos mayorcitos de edad, han pasado 43 años, estamos integrados en Europa, ya no se escucha por fortuna el «ruido de sables» ni ETA siembra el terror por las calles. La democracia española se ha demostrado elástica. Después de todo, Juan Carlos abdicó, vive en Abu Dabi, viene cada dos por tres a las regatas de Sanxenxo, y aquí no pasa nada. Tampoco estaría mal ir aireando el arcón con los papeles del GAL.
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