Opinión | EL TRASLUZ
¿La realidad o yo?

Un lanzador de misiles balísticos intercontinentales Yars de Rusia. / EFE
Llevo toda mi vida escuchando decir que el pesimismo es de derechas. Toda la vida de Dios y toda la vida del diablo, en serio: el pesimismo es de derechas, el pesimismo es derechas, el pesimismo es de derechas. Millás, no caigas en la trampa del pesimismo, por favor, me recomiendan. Pero la gente de derechas que yo conozco no es pesimista porque por lo general no tiene razones para serlo: les va bien. Se ensombrecen cuando se arruinan o les sobreviene una úlcera de estómago: lógico. De ahí que quien vive permanentemente en la ruina o cagando sangre sea pesimista. La sentencia se ha repetido tantas veces que yo mismo, cuando amanezco triste, me pregunto si me estaré volviendo de derechas. Sé que estas categorías (derechas e izquierdas) dejaron de funcionar hace tiempo como explicación del mundo, pero ya que se siguen utilizando en las tertulias radiofónicas, me apuntaré provisionalmente a su vigencia.
Se lo digo a mi psicoanalista:
-El mundo camina hacia su autodestrucción.
-¿Es mundo o usted? -pregunta ella.
-Yo no dispongo de ningún arsenal nuclear -respondo.
-¿Está seguro?
Me quedo pensativo. No digo nada, pero pienso que mi subconsciente es un verdadero depósito de armas de destrucción masiva. Hay días en los que me asomo a él, o él se asoma a mí, y se me ponen los pelos de punta de toda la basura atómica almacenada en el sótano de mi memoria.
-Lleva usted razón -concedo-, cada ser humano dispone de una bomba atómica personal preparada para reventar en cualquier comento. El propio corazón puede estallar ahora mismo: se llama infarto y en ocasiones revienta por culpa de los pensamientos sombríos de su dueño.
Regreso a casa dándole vueltas al asunto del pesimismo. Durante el trayecto, asisto a una pelea desagradable entre dos conductores cuyos coches se han rozado. Se dicen el uno al otro auténticas barbaridades y están a punto de llegar a las manos. En uno de los automóviles va un crío de menos de diez años, hijo de uno de los contendientes, que observa a su padre con terror. A ver, me digo, ¿quién es más pesimista, la realidad o yo?
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