Opinión
Septiembre
Surgen de pronto las ganas de matricularse en otra carrera universitaria (más), comprarse una agenda y varias libretas, también subrayadores de colores y post-its y bolígrafos de punta fina y tinta gel
Tendría mucho más sentido que el año nuevo comenzara ahora, con las tardes que se acortan -por fin- y la primera caída de las hojas de los árboles. Septiembre siempre fue mi mes favorito. Aún me queda una semana de vacaciones y cuento las nubes bajo el cielo azul limpio en la casa en la que veraneo este año. El hombre con el que me voy a casar limpia la cara manchada de chocolate de su sobrino, ambos ríen.
Todo huele a jabón de lavar, hace poco que tendimos la colada. Podría vivir así cien mil millones de años y no me cansaría. Los días que transcurren desde el final del verano hasta la llegada del otoño arrastran consigo una melancolía y un sentimiento de expectativa muy específicos, un algo un tanto pesado flota en el aire. Surgen de pronto las ganas de matricularse en otra carrera universitaria (más), comprarse una agenda y varias libretas, también subrayadores de colores y post-its y bolígrafos de punta fina y tinta gel. Comenzar algo nuevo: un negocio, un hobby, un nuevo hábito, cualquier cosa.
Soy incapaz de entrar en una tienda Muji y no comprar nada, tengo un problema. Un almanaque, un rodillo atrapa pelusas. Leí en Internet que romantizar nuestras rutinas hace que el tiempo sea mucho más llevadero y nos anima a no entregarnos a la desesperación de la monotonía, quizá tengan razón. A mí me gusta la rutina, lo que no me gusta es ser tan consciente de lo rápido que pasa el tiempo.
Hoy llega el fin de la jornada intensiva, mañana todo el mundo tendrá ganas de generar sinergias y meterse en calls. Faltan cuatro meses para la revisión de los objetivos anuales y muchos bonos por performance dependen de esto. En diciembre repasaremos con nuestros managers la lista de propósitos que nos fijamos a principios de año cuando fuimos optimistas. No nos interesará nada que no genere beneficios para los accionistas de las empresas en las que trabajamos, volveremos a creer que no existe vida inteligente más allá de la ventana de Teams. A veces en sueños me persigue el fantasma del circulito amarillo al lado de mi mejor foto profesional. Se aprovecha este mes también para inundar las librerías con el anuncio otra nueva tanda de nuevas novelas que se configurarán como la mejor nueva novela del año según los firmantes de la faja de rigor. No sé si resulta muy feo admitir esto pero nunca entendí su propósito, suelo usarlas de marcapáginas aunque la mayoría de las veces terminan en la papelera. De qué sirve que un libro sea el mejor del año en una marea de volúmenes recién publicados que no deja de crecer, no tengo ni idea. Aun así yo ando a la espera de lo nuevo de Sally Rooney, siento curiosidad. ¿Estará ella también cansada de la etiqueta «generacional»? Me imagino que sí.
En las vacaciones de verano muchos tomamos de nuevo conciencia -la vida es un círculo- de cómo sería todo si realmente fuésemos dueños de nuestro tiempo. He pasado gran parte de estos días paseando, andar sigue siendo mi pasatiempo favorito. Nada me ha ayudado tanto a aprender a distinguir la tristeza de la melancolía como salir a dar un paso y luego otro y otro más. Con el tiempo he aprendido también que un paseo no tiene por qué consistir en recorrer entornos espectaculares plagados de paisajes pintorescos y flores, tampoco en regresar al punto de partida tras haber experimentado una increíble epifanía. Sospecho que se nos educa en cierta forma para evitar la soledad a toda costa, como si nos temiéramos a nosotros mismos y a nuestros pensamientos en cuanto desaparece el ruido.
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