Opinión | Al azar
El pacífico alcalde de Son Servera

Biel Capó
Escucho sin intermediarios al alcalde de Son Servera, tras el brutal atropello mortal de uno de sus vecinos en un modesto bote, a manos de una lancha alemana de veinte metros y cuatro millones de euros. «Fue un accidente», se apresura a concluir Jaume Servera antes de que se inicie la investigación, «por la diferencia de dimensiones entre las dos embarcaciones». Es decir, aquí no ha pasado nada pese a las intimidaciones previas documentadas, y sigamos con el negocio. El que quiera sobrevivir, que se compre un barco más grande. Los mallorquines estorbamos, y nadie lo sabe mejor que un político indígena, ¿o era indigente?
Mallorca ha perdido hasta el orgullo, por eso sus alcaldes pueden transitar sin trauma de lo mezquino a lo miserable. Espero tener lo más lejos posible al alcalde de Son Servera en caso de desgracia, aunque los benévolos señalarán que no hay forma humana de despedir a la víctima de este homicidio. Sí la había, consta en el adiós conmovedor del club de voleibol CV Pòrtol. «Gracias por todo lo vivido, Guillem. Eres y serás eterno». Media un amplio margen entre este sentimiento sobrecogedor y la disculpa implícita del autor de la embestida, inocente en cuanto alemán para el político tan comprensivo.
La familia del fallecido tiene todo el derecho a protagonizar el dolor de su pérdida sin interferencias, y a calibrar su reacción. Sin embargo, el homicidio de un mallorquín en el espacio sagrado del mar contiene una dimensión social que interpela a la isla entera, y que ha enfurecido a numerosos nativos. El alcalde del mero «accidente» por tener una embarcación humilde entronca con la tradición de Vox/PP/PSOE/Més, y de las organizaciones ecologistas parasitarias. En su ignorancia culpable, y con su sumisión vergonzante, los políticos siguen sin calibrar una indignación ciudadana que no pueden encauzar porque han derrochado el crédito. Su irresponsabilidad colectiva, desnuda en la derecha y embozada en la izquierda, está forzando la reacción popular que son incapaces de canalizar. El mallorquín no tiene quien le defienda, por tierra, mar ni aire.
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