Opinión | Veranos literarios
Los veraneos de Joan Maragall
En Caldetes llevaba una vida tranquila. De ahí provienen los poemas ‘El pi d’Estrac’, ‘Vistes al mar’ y ‘Seqüències’

Joan Maragall con dos de sus hijas.
El poeta Joan Maragall escribió que el mes de agosto era una siesta, con un punto de tristeza. Sus veraneos eran muy largos, de muchos hijos y grandes amigos, las montañas con leyenda, las playas mediterráneas –«platja deserta, groga de sol»,– bosques y hayales, los balnearios burgueses. Aunque Maragall no navegaba, siempre había velas al viento en su horizonte. ¿Mar o montaña? Poesía y verdad. Lo perdurable de Joan Maragall es que le importaba eso, la luz y la verdad. Hablaba de la «Espanya gran», en una versión regeneracionista, desde la Catalunya colmada de retama –la ginesta que tanto amó–. En aquellos veranos veía pasar una vaca ciega, pensaba en un futuro canto espiritual o se le aparecía el conde Arnau. Estuvo convencido de que una sociedad debe exigirse ser justa y clara.
Los veranos de Maragall eran pudorosos y serenos, y a la vez de mente siempre apasionada. Es la mirada Maragall, intensa y a la vez serena, de orden burgués y lecturas de Nietzche. Cada uno de sus veraneos tenía varios paisajes. Estuvo en Sant Joan de les Abadesses, también Montserrat, Puigcerdà, La Figuera del Montseny, Camprodon, Olot, Palafrugell, Tona, Castellterçol, por ejemplo. A menudo, tomaba las aguas termales en el balneario de Cauterets, en los Pirineos franceses. Veraneó con frecuencia en Caldetes, donde supo de la Semana Trágica en julio de 1909 y lo comentó de forma superior. En Caldetes llevaba una vida tranquila. Daba clases de repaso a sus hijos. Paseaba. De ahí provienen los poemas El pi d’Estrac, Vistes al mar o Seqüències. Según las crónicas, en aquel Caldetes –Caldes d’Estrac– en todas las casas sonaba un gramófono con la misma canción de moda. Ahí estaba Maragall, en su búsqueda de las cosas eternas. Le acompañaban personajes con botines blancos, corbata azul con pintas blancas y sombrero gris de media copa. Feliz Caldetes, con telón de Exposición Universal.
Cada una de las piezas maragallianas enaltece un paisaje, un símbolo del espíritu, la naturaleza vivida, el mito ancestral. Hay una fotografía formidable de Maragall a lomos de una montura en una expedición de montaña, tan distante del Maragall que cada día controlaba el depósito de agua de su casa en Barcelona, antes de tocar el piano en la sala de estar. Después del veraneo llegaba el otoño y Maragall reiniciaba la rutina barcelonesa de finales del siglo XIX. Era una Barcelona con sombrero de paja, a años luz de la ciudad siglo XXI con maletas de ruedas y sans culottes pendientes del teléfono móvil. Iba al Ateneu. Daba paseos con los amigos. Estaba en el Liceu –palco 7 de platea– la noche de la bomba anarquista que mató a veinte personas.
Se olvida con frecuencia que el poeta Maragall vendía solo unos pocos centenares de cada uno de sus libros, mientras que el Maragall articulista del Diario de Barcelona –el entonces hegemónico Brusi– tuvo influencia entre los lectores de la nueva burguesía. Maragall denostaba el provincianismo barcelonés. ¿Cuántos ejemplares de sus poemas se venden hoy? En pleno agosto, será mejor no preguntarlo.
En verano y en invierno, el contraste entre las liturgias burguesas y la inquietud del espíritu hacen del temperamento de Maragall un enigma inagotable. Eso sigue siendo un secreto y no un apaño para filólogos. Todo depende de que, en uno de estos días de agosto tempestuoso, un joven cualquiera deje por un instante la videoconsola y lea «fuig dels horitzons mesquins:/ sempre al mar, al gran mar noble;/ sempre, mar endins».
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