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Opinión | Una ibicenca fuera de Ibiza

El motivo

Registro Civil.

Registro Civil.

No le quedaría más de una hora de turno al funcionario del Registro Civil de la Ciudad de la Justicia de Murcia para cambiar el aire acondicionado por los cuarenta grados del exterior cuando aparecí yo, con un certificado de defunción. Pretendía que me valiera de salvoconducto para obtener otro, pero literal del nacimiento de mi padre. ¡Qué cosas! En una mano la literalidad de nacer y en la otra, la concreción de la muerte. Sin disimular lo más mínimo la molestia que le causaba mi capricho y señalándome que eso era bajar, ahí, al sótano de los archivos, protestó que estas cosas no pueden pedirse porque sí, que me hacía falta un motivo. Un motivo.

¿Por cuál empezar? Se me ocurrió, así de pronto, que me llamaron Pilar por mi abuela, a la que no conocí y de la que mi padre, que no hablaba de nada ni de nadie, jamás dijo una palabra. O algo muy parecido, porque a otro funcionario de otro Registro Civil le pareció que ‘Pilar’ no era lo bastante católico para la época y añadió el prefijo de «María del», como si el nombre de la aparición de la madre de Dios al apostol Santiago subida a una columna no derrochara ya evangelio. Así que en cuanto pude fui a marear a otros funcionarios hasta arrancar esa denominación espuria del que debía ser —y es— mi nombre. Pero no lo dije en voz alta.

Tampoco que recordaba como si fuera ahora las veces que, de pequeña, algún gilipollas —siempre adulto, nunca un niño— me interrogaba con retintín, cuestionando que fuera ibicenca, verdadera y legítimamente ibicenca, si me llamaba Pilar y no Antonia o Catalina. Y yo, me encogía de hombros, pequeñita, susurrando que me lo pusieron por mi abuela. Debería haberle dicho que hoy, justo hace un rato, bajo la solera murciana que le espera cuando me despache he estado por primera vez con ella. Y con mi abuelo. En la sepultura 62 de la sección 34 de un cementerio y, sin saber muy bien qué decirles tras tanto tiempo... me he encontrado dibujando con el dedo ese Pilar del mármol grabado de una lápida, y les he contado, por si no les consta, que su hijo ha muerto, pero antes de eso, me puso su nombre.

Que desde hoy conozco que si le pusieron a él Victoriano, fue por su abuela, Victoriana. Cuando desistieron tras seis hijos varones de alumbrar una hembra y habiendo agotado ya con sus hermanos todos los nombres de sus ancestros: José, Francisco, Román. Después tocó improvisar con Leoncio y Mariano lo mismo que mis padres improvisaron con Pablo y José Manuel, lo que debió valerles a mis hermanos enfrentarse a gilipollas explicándose que mi madre le puso el nombre por Picasso o, peor, por que le gustaba el sonido de ‘José Manuel’.

Podría haberle contado que ese certificado literal de nacimiento era la menor de mis búsquedas del día. Que ando en la expedición imposible de un registro de enfermos del ‘Sanatorio Antituberculoso de Sierra Espuña’ donde mi padre vivió —literalmente por el tiempo transcurrido allí, y más todavía, por no morirse— hasta que tras tantos años y sin conocer otra vida se quedó trabajando de enfermero.

Porque para cuando nació, en 1929, la tuberculosis —también llamada peste blanca— era la primera causa de mortalidad en España. Mientras la ciencia se afanaba en encontrar el remedio que venciera la terrible enfermedad, se fueron contruyendo centros perdidos en el intento, a falta de cura, de alejar la enfermedad. Así se inauguró Sierra Espuña planeado para atender hasta 56 enfermos, aunque enseguida albergó a más de 200. Salas de hombres y mujeres y otras para que las familias más pudientes pudieran alojarse separadamente de los humildes que, sin distinción, con demasiada frecuencia acababan en el carro de cadáveres que una vez por semana, se llevaba el sepulturero. ¿Alguien llevaría el recuento en aquella España de guerra civil y dictadura? ¿Le importará a alguien además de a mí cuánta muerte vieron los ojos de mi padre para que, al llegar la suya, aullara con tanto horror?

En 1943, en algún lugar llamado Nueva Jersey, Albert Schatz lograría el milagro de la estreptomicina, pero tardaría años en viajar hasta un sanatorio en el paraje de la Perdiz en Sierra Espuña que, a falta de moribundos, fue desalojado en 1962. Mi padre se reconvirtió en cocinero en un hotel de Ibiza y el sanatorio en Escuela hogar y albergue. Ahora es un lugar de peregrinación para los amantes de los fenómenos paranormales que se cuelan en el edificio precintado por el riesgo de derrumbe para grabar psicofonías de los aullidos de tuberculosos que no encontraron su camino.

Pero tampoco le dije al funcionario que a los que llevamos los fantasmas por dentro no nos asustan ni un poco el resto. Lo que le contesté cuando me exigió la necesidad de un motivo es que sí, que lo tengo. Quizá no grave, ni urgente ¡pero por Dios que es importante! Quiero conocer a mi padre. Y aunque no desfrunció el ceño ni esto, bajó al sótano de las respuestas para traerme, llamémoslo un certificado —literal—, llamémoslo... otra pieza del puzle.

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