Opinión

España, sin cordón sanitario

La V República Francesa de 1958 tiene materialmente poco que ver con la democracia parlamentaria de la Constitución española de 1978, y sin embargo ambos regímenes se asemejan en lo fundamental: la soberanía reside en el pueblo, que toma sus decisiones mediante sufragio universal, directo y secreto, en un marco caracterizado por el respeto escrupuloso y preferente a los derechos humanos.

Son, en definitiva, modelos distintos, el uno republicano, el otro monárquico, aquel semipresidencialista, este parlamentario, pero los dos países, ambos con una abigarrada historia a las espaldas, coinciden en lo fundamental: una determinada e invariable concepción del ser humano, sujeto de derechos y deberes, sagrado en su condición de actor de la gran ceremonia pública de la convivencia.

Por ello, merece la pena tomar nota de cómo los franceses han abordado un problema que ambos países tenemos que afrontar: el nacimiento, auge y posible crecimiento de la extrema derecha. Francia, España y otros muchos países democráticos están asistiendo al mismo fenómeno de crecimiento de las ideologías nefastas que formaron el Eje y perdieron la Segunda Guerra Mundial. Y la razón de ello parece ser la misma en todos los casos: el relativo fracaso, con respecto a las expectativas, de las políticas emanadas del consenso socialdemócrata que, después de la Segunda Gran Guerra, llevó a cabo la gran reconstrucción y la edificación de un nuevo modelo de convivencia que en Europa se plasmó a través de una estructura cuasi federal.

A partir de 1945, el ímpetu civilizador de Occidente se encaminó hacia la construcción de un estado de bienestar que garantizase, a través de las necesarias políticas sociales, un sistema de convivencia basado en el mercado y la competencia, modulados por un intervencionismo que asegurara un cierto grado de equidad que, aun manteniendo la desigualdad, eliminara la pobreza. Hasta la crisis de 2008, los equilibrios establecidos han funcionado, pero a partir de entonces, la impericia de los gestores globales ha generado una peligrosa negatividad que ha desembocado en el surgimiento de opciones alternativas a la democracia: el populismo, el neofascismo, las distintas expresiones de la extrema derecha.

Los ciudadanos conscientes de Occidente no podemos consentir que, con el pretexto de las dificultades materiales, se imponga un modelo totalitario. En el país vecino, Jean Marie Le Pen aprovechó la derrota de Francia en Argelia para crear en 1972 el ‘Frente Nacional’ junto a antiguos nazis y colaboracionistas… Desde entonces, el partido se ha edulcorado pero mantiene sus orígenes y características detestables. Y en todo momento, las fuerzas democráticas han aislado a esa extrema derecha - primero, Front National; después Ressamblement National- dando preferencia a su marginación sobre cualesquiera intereses de partido.

En las recientes elecciones europeas, la extrema derecha de Le Pen consiguió una espectacular victoria con el 31,37% de los votos. Ante la debacle del macronismo, el presidente de la Repúbica disolvió el parlamento y convocó elecciones, que son en Francia a doble vuelta. En la primera vuelta, RN revalidó la victoria pero en la segunda, gracias a una extraordinaria movilización, ha quedado en tercer lugar, después del Nuevo Frente Popular y del macronismo.

Acabamos de asistir, en fin, al último desarrollo del cordón sanitario, gracias al cual, mediante la unión de las fuerzas de izquierdas y derechas, se ha conseguido impedir que RN obtuviera mayoría absoluta en el parlamento francés. Mélanchon y Macron tienen temperamentos fuertes y arrogantes y se detestan mutuamente, pero han pactado para que prevaleciese la democracia sobre cualquier otra consideración.

Un sector de la derecha convencional ha llegado esta vez a proponer la unión con RN, y ha sido arrojado a las tinieblas exteriores. El cordón sigue firme, y todos los demócratas de Francia están dispuestos a respetarlo en el futuro. Es, pues, muy improbable que la V República se desmorone.

La situación en España es bien distinta puesto que la extrema derecha está por debajo del 15% en todas las elecciones. Pero nuestra derecha democrática no ha entendido que sus relaciones con los ultra son un obstáculo quizá insalvable para alcanzar el poder. En las últimas elecciones generales españolas, el riesgo de un gobierno PP-Vox fue el gran motor de la izquierda para formar gobierno. Y así seguiremos, como seguirá Francia por su camino paralelo, a menos que nuestros países cometan la histórica torpeza de ponerse en manos de quienes siguen las huellas de los genocidas autoritarios del siglo pasado.

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