Opinión

El cubo de Rubik, cincuentón

Leyendo sobre los laboristas británicos, que han dado la campanada electoral después de 14 años en la sombra, me entero por casualidad de que el cubo de Rubik, el rompecabezas estrella de los años 80, acaba de alcanzar el medio siglo. Su creador, nacido en Budapest el 13 de julio de 1944, culminó la estructura del artilugio, con clips y bandas elásticas, cuando le faltaban pocos días para cumplir la treintena; o sea, se trata de un doble aniversario: 50 años del célebre juguetito y 80 de su inventor, el arquitecto y diseñador húngaro Ernö Rubik. Él prefiere llamarse «descubridor».

El cubo giratorio hecho de cubitos de colores –blanco, rojo, azul, naranja, verde y amarillo– empezó a comercializarse en España el año del tejerazo. A casa también llegó uno pero, en mi caso, sin demasiada fortuna. Quizá alineé un lateral de azules, y me cansé; carezco de ese tipo de paciencia. El caso es que el cubo de Rubik despertó pasiones, y desde su patente, en 1977, se han vendido unos 350 millones de unidades en todo el mundo, sin contar las falsificaciones. El furor. En plena guerra fría, una teoría conspiranoica advertía que se trataba de un peligroso «invento comunista» diseñado para socavar el capitalismo mediante la dilapidación del tiempo. Mira por dónde, décadas después llegaría el móvil.

Cuenta el maestro húngaro que, cuando se puso manos a la obra, no era consciente de estar diseñando un puzle; se encontraba en realidad preparando una clase para demostrar a los alumnos que la geometría no es «un sujeto estático, sino algo móvil, mutable». Caramba, menuda visión espacial. Acabó creando un cubo mágico que contiene 43 quintillones de combinaciones cromáticas, tantas como granos de arena bailan en los desiertos y playas del planeta.

Un quintillón es un millón de cuatrillones; lo escribo admirada, como quien contempla la Capilla Sixtina o el mar desde lo alto de un acantilado, sin comprenderlo del todo. A Rubik le lleva un minuto armar su puzle; quien ostenta el récord del mundo, el norteamericano Max Park, tarda apenas 3,134 segundos. Pero al padre de la criatura no le interesa la velocidad: «La solución elegante, la calidad de la solución, es mucho más importante que el tiempo», dice.

He pasado un buen rato leyendo acerca de la relación entre Rubik y su rompecabezas, que se resuelve mediante una cadena de algoritmos. Aunque la matemática pura y dura me queda muy lejos, resulta fascinante cuando el arquitecto húngaro la moldea, transformándola en otra cosa, hermana de la filosofía. Por ejemplo, es imposible resolver el cubo moviendo las caras al azar, al buen tuntún: se necesita un método, encontrar y reconocer patrones, igual que los primeros hombres debieron aprender a detectar pautas en el comportamiento de los animales y la naturaleza para sobrevivir. Toda búsqueda quiere método, táctica, disciplina. También, como en la vida misma, a veces es imposible proseguir en la resolución el cubo sin desarmar temporalmente lo armado. Un paso atrás, volver sobre lo ya hecho. Pensar para avanzar.

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