Opinión

Conciencia juvenil

Los comentarios de los alumnos a la salida de la selectividad son un clásico de final de curso. Oscilan entre la alegría de quienes respiran aliviados («¡no había por tanto!», «el de lengua era tirado») y la indignación de quienes encuentran excesivo el nivel de la prueba. Este año ha sucedido con el examen de matemáticas, que ha recibido críticas unánimes de los estudiantes. Ante la situación de enfado (también en caso de gozo), se plantea un dilema habitual: ¿cuál es el punto justo de exigencia? ¿El cuestionario no propone acaso problemas que aparecen en el temario? ¿Qué significa, pues, que el examen es «demasiado difícil»? Los responsables de las pruebas alegan la necesidad de establecer unos parámetros objetivos y elevados; chicas y chicos preferirían menos intensidad; el profesorado está entre dos fuegos; y la opinión pública (excepto padres y madres) piensa, en general, que ya está bien que haya un mínimo de rigor.

Sin embargo, resulta que esto no pasa solo aquí. En Italia también existen quejas. Tres chicas del Liceo Foscarini, de Venecia, después de suspender –como toda la clase– un examen de traducción de griego, decidieron presentarse a la prueba oral de la maturità (llaman «madurez» a la selectividad, y deben defenderse oralmente ante un tribunal) y hacer lo que llaman una scena muta. Decidieron protestar con el silencio. Denunciaron que «no aceptamos su juicio, porque no respeta nuestro trabajo», firmaron el acta y se fueron.

El jaleo ha sido fenomenal, porque los responsables de Educación han criticado la «falta de madurez, justamente, de las chicas» y porque «entrar en el mundo de los adultos es también aprender a comportarse como es debido». El fin de la historia no es tan épicamente adolescente como podríamos pensar. Las jóvenes revolucionarias (y activamente mudas) han acabado superando la maturità por los pelos, porque, a pesar de la renuncia a hablar, la media global les favorecía. Eso sí, ellas lo perciben como un ejercicio de madurez: «Nos conformamos con una nota baja», han dicho, «pero tenemos la conciencia tranquila».

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