Opinión

No mires arriba

Hay algo especialmente desolador en el suicidio de Núria y Mercè, las dos hermanas que se precipitaron al vacío horas antes de ser desahuciadas, la constatación de que su consciencia fue devorada por un problema que creyeron irresoluble. No lo era, pero necesitaban pedir ayuda. A su familia, a sus vecinos o, simplemente, abrir la puerta o responder a los mensajes de los servicios sociales. No supieron hacerlo. Y su entorno no supo encontrar el modo de llegar hasta ellas.

No es el único caso en el que la impotencia que siente la víctima le impide entrever posibilidades de salvación. En casos de abusos sexuales o de violencia machista, no siempre se cuenta con la confianza, el conocimiento o la capacidad de solicitar ayuda. La víctima se encierra y una soledad tóxica que envenena el pensamiento y paraliza la voluntad acaba adueñándose de sus días. ¿Hacemos todo lo que podemos por ellas? Y este interrogante no solo apela a las instituciones públicas.

Las ciudades siempre han sido territorio hostil para las personas que carecen de red afectiva, pero el aislamiento que produjo el covid y el ensimismamiento de las redes ha agravado el aislamiento. A medida que se han acrecentado los problemas vinculados a la soledad no deseada, incluidos los relativos a la salud mental, no han crecido las redes ciudadanas para combatirlas. Y no me refiero a las impulsadas por la administración pública, sino a una voluntad propia de cuidados. Hay un cierto enquistamiento en la protesta y el lamento, pero también cierta dejación -quizá ni siquiera voluntaria- en el compromiso particular de cuidar las relaciones, de convertirlas en redes de confianza y apoyo. En desarrollar un mínimo de empatía capaz de detectar a una persona cercana con problemas.

En la película satírica No mires arriba (2021), dos científicos tratan de advertir del inminente impacto de un cometa en la Tierra. La destrucción está asegurada, pero nadie les hace caso. Los gobernantes andan inmersos en las próximas elecciones, los medios solo buscan el entretenimiento y la mayoría de la ciudadanía no despega la mirada de sus pantallas. Los mensajes institucionales instan, simplemente, a no mirar arribar, a no hacer caso al desastre que se avecina.

No hay ningún cometa letal a la vista, pero sí una suerte de soledad interna que amenaza el bienestar colectivo. Aislados, somos presa fácil de los temores inducidos. Vivimos permanentemente conectados, pero quizá hablamos menos que nunca entre nosotros. Es difícil abrir hendiduras en las puertas cerradas. Dar o pedir ayudar si la soledad se te está comiendo, si la locura te asfixia o el pánico te paraliza. Se impone el temor a no ser comprendido, a molestar o a resultar entrometido. Dedicamos un sinfín de horas a contemplar vidas ajenas a través de la pantalla del móvil, quizá el primer paso debe ser cambiar ese gesto: levantar la mirada y tratar de establecer una mayor implicación con las personas que nos rodean. No solo las administraciones tienen la responsabilidad de cuidarnos.

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