Opinión | PENSAMIENTOS

Los coches con matrícula M

Durante décadas nos hemos esforzado por ofrecer a los turistas las mejores cosas. Hemos sido (y somos) muy buenos anfitriones: muchos de los visitantes repiten

Pintada a favor de limitar la compra de viviendas por parte de no residentes en la calle Joan Alcover de Palma

Pintada a favor de limitar la compra de viviendas por parte de no residentes en la calle Joan Alcover de Palma / Raúl Sanz

La última matrícula emitida en España, a la hora de escribir este artículo, va por las letras MSS. Las carreteras de Mallorca están llenas de coches con placas M, pero la mayoría son de alquiler.

Durante décadas nos hemos esforzado por ofrecer a los turistas las mejores cosas. Hemos sido (y somos) muy buenos anfitriones: muchos de los visitantes repiten.

Les hemos dado los paisajes más excelsos, las playas más apetecibles, sean urbanas o vírgenes, hoteles cómodos, diversión, alcohol y tabaco baratos… En el plano gastronómico no se pueden quejar: comida internacional, con guiños a Inglaterra y Alemania, noches temáticas españolas y mallorquinas… Hemos reservado parajes idílicos para que puedan jugar al golf como si estuvieran en Gran Bretaña. Es bueno que se relajen.

Los visitantes siempre han dispuesto de una moderna flota de alquiler para poder pasearse por la isla a su gusto. Algunos de estos vehículos, al finalizar la temporada, han acabado en manos de residentes. Tampoco es que los regalen.

Hoy en día pocos mallorquines pueden adquirir un coche nuevo. Los precios están por las nubes y proliferan los mercados de segunda, tercera y cuarta mano. Las letras M no son para los autóctonos. El Seat Ibiza o el Peugot 207 se estiran hasta que ya no pueden más. Somos carne de ITV.

La oferta náutica también es suculenta. Los amarres de los grandes y pequeños puertos que antaño cobijaban los llauts que tantas buenas jornadas de pesca y paseo han dado a los isleños son minas de oro reservadas para megayates. El alquiler de embarcaciones va viento en popa.

Los clubs náuticos locales desaparecen y son sustituidos por potentes empresas sin alma. Es el mercado.

Algunos privilegiados tenían segunda residencia o habían heredado la casa de la tieta en el pueblo. Había opciones de dejar las ciudades e ir a veranear a la costa o al interior.

Eso casi se ha acabado. «El que pueda alquilar algo que lo alquile», es el nuevo mandamiento. En Ibiza han asumido con tanta fuerza esta religión que ofrecen furgonetas, tiendas de campaña y zulos para vivir.

En Mallorca hay fieles del potente credo que sacan al mercado sótanos inmundos, locales sin aireación, trasteros-prisión y otros muchos infiernos. Todo por la pasta.

Otro cambio ha venido por la insumisión lucrativa ante las normas administrativas o urbanísticas. El pasotismo ante las autoridades no es cosa reciente. Han sido décadas de «hacer de mi capa un sayo, hasta que me pillen».

El urbanismo ilegal, que tanto daño ha hecho al medioambiente y al paisaje, nunca se ha frenado. Cierto es que la mayoría han cumplido la ley, pero ha habido mucho pirata.

Ahora, por conveniencias electorales, se va amnistiar a los infractores. ¡Gran negocio para los corsarios!

El filibusterismo se ha extendido al turismo residencial, que me recuerda al fentanilo. Hay que prohibirlo ya. El Estado, tomado en su conjunto, intenta regular ese mercado, pero se le ríen a la cara. Es la ley del oeste. Los inspectores están desbordados, la burocracia favorece a los malos, la Justicia va camino del colapso…

Mientras tanto el parque de alquiler de larga temporada disminuye. El precio del metro cuadrado también se ha disparado. Estamos condenando a la generación nacida con el siglo a la precariedad y la frustración. No pueden volar del nido.

Comprar un piso es casi una utopía, siempre que no seas un extranjero con fortuna o un fondo de inversiones. Se está hablando mucho del negro panorama. Algo es algo.

Suscríbete para seguir leyendo