Opinión | TRIBUNA

Un western gatuno

Tumbados de costado en la sombra de algún suelo de la casa o al borde de la parte alta de un mueble, ahí se les ve. Una pata les cuelga, como si de una mini pantera echada en una rama de un árbol se tratara. Dejan a la vista las almohadillas, una auténtica provocación a caer en ella para después librarse de la misma, como diría Oscar Wilde.

Nos miran. Están perezosos, el calor causa estragos en sus cuerpos peludos. Caminan lentamente, nada de correterías. Mi gato jovenzuelo y anaranjado va por el pasillo caminando suavemente mientras su engrosada panza colgante de su columna vertebral se va columpiando tranquilamente de un lado a otro. Pasa por mi lado con un roce suave en mis espinillas, pero prosigue su excursión al comedero. Ingiere poco y con pereza. Al volver mi vista sobre el pasillo es como si viera un western de Sergio Leone. El Bueno de Clint Eastwood parece haber pasado por allí hace unos segundos dejando como protagonistas a los ovillos de ramas secas provenientes del desierto de Arizona (o quizás de Almería), que se arremolinan por allí ocupando el espacio que acaba de dejar el vaquero. Sin embargo, esta vez son pelos de gato que se han ido juntando entre sí como imanes ligeros que se atrajeran.

Mi movimiento brusco con escoba en mano los ahuyenta mientras se volatilizan, pero finalmente los atrapo. Yo también estoy perezosa de sacar la aspiradora: el remedio eficaz y definitivo a una limpieza que durará tan solo un momento, porque al acabar me dirijo a mi cuarto y del fondo del armario veo salir a mi veterana gata tricolor y tres veces más pequeña que el mocito. Viene de recoger oscuridad y paz; esa paz perturbada por ese otro inquilino con ganas de juerga. Y ya que estamos en un escenario de western, diría que ella es como Natalie Portman en La venganza de Jane, porque sobre todo ya ha dejado una cantidad ingente de pelo sobre mi ropa guardada. Sí señora, «una venganza» bien ejecutada. Aun así, la acaricio desde su cabeza hasta el final de su cola. Ella se deja un momento y se va. Mi mano queda envuelta en su pelo, que a su vez se me va desprendiendo para caer de nuevo por todo. Decido sacar, esta vez ya sí, la aspiradora. La cama, la ropa, el suelo, todo está lleno de su pelo. El calor los quiere desnudar a toda costa.

Huyen despavoridos ante el ruido del artefacto. Luego, todo queda en orden.

Caen la tarde y la noche, ellos deambulan y desaparecen a ratos sin ningún miau. La tregua se produce en el Saloon, al frescor del aire acondicionado o bien cuando un rumor de viento tímido de algunas noches nos da una tregua, salen a la terraza para tumbarse y fijar su vista en algún punto inexacto de la oscuridad que solo ellos saben. Así hasta la siguiente mañana calurosa, en que se despiertan con algunos maullidos temblorosos para comunicarse con nosotros y pedir caricias. Aunque en realidad, ellos son quienes nos acarician quedándose quietos o caminando en sentido contrario a nuestro movimiento de manos sobre sus suaves cuerpos. Finalmente, pasan por enfrente nuestro, miramos al pasillo y vuelta a empezar en el «salvaje» Oeste.