Opinión

Mediterráneos y la estética

Poniendo en orden algunas notas de ensayos de Miguel de Unamuno, referente de la generación del 98, autor de Niebla, Del sentimiento trágico de la vida, La agonía del cristianismo, San Manuel Bueno, mártir, etc. Esta última obra, San Manuel Bueno siempre me impresionó, cuenta la vida de un sacerdote que estando como párroco en una Iglesia de un pueblo miserable de Castilla perdió la fe y, cuando le preguntaron que qué hacia allí ejerciendo de sacerdote sin creer en Dios ni en la Iglesia, teniendo que predicar en el pueblo lo que no cree, contestó que él estaba allí para cuidar de las almas de aquella gente, intentar hacerles felices, hacerles creer que su alma es inmortal para que vivieran en la esperanza de una vida mejor después de la muerte y no para matarlos de angustia. Esta obra refleja la crisis de fe que tuvo Unamuno durante su vida. Y en uno de sus interesantes ensayos encontré una frase en la que expresa lo que piensa sobre los que nacen y viven en el Mediterráneo, su reflexión no tiene desperdicio: «levantinos, os pierde la estética» (se publicó en El Mundo el 26 de abril de 1902). Creo que el escritor, ensayista y filósofo tenía razón. El que es del Mediterráneo crece con una serie de valores culturales y estéticos que le hacen ser más estable, más seguro, el que es mediterráneo gusta de recibir la brisa del mar, tener un estilo de vida tranquila, está amparado por un sol luminoso que no abrasa y que le convierte en una persona que se sitúa en la punto medio de todo, como «el mar Mediterráneo» - medi-terraneum, en latín, que significa en medio de la tierra-, tierras en medio del mar las de Gracia, Italia, de Mallorca, que disfrutan de cielos claros, aguas celestes, pueblos con una arquitectura sencilla, casas con colores templados, cercanos, patios acogedores con plantas y enredaderas que circundan las ventanas. Es el mejor sitio para nacer y vivir, aunque nos pierda la estética.

Unamuno pensaba que a los mediterráneos les pierde la estética. Cierto, pero ¿qué es la estética?, es la belleza, es un sentimiento que se despierta en el ser humano que desempeña un papel importante en su experiencia de vida, en su identidad. La percepción de la belleza está influenciada por factores sociales, culturales e históricos que moldean nuestros estándares estéticos, la búsqueda de la belleza es una forma de entender la vida personal que influye en nuestro comportamiento, en nuestro bienestar emocional, afecta a la vida cotidiana y a la percepción del mundo circundante. ¿Puede la belleza salvar al mundo?, no es seguro, pero puede hacerlo más humano y más digno de ser vivido. Los griegos pensaban que la belleza era un ideal a alcanzar, un cuerpo humano hermoso era considerado portador de una mente hermosa. Platón decía que «si por algo merece la pena vivir es para contemplar la belleza», aunque el poeta Apellinare (Roma 1880- Paris 1918) decía que «la belleza era monstruo que nos apresa».

Ante el retrato de Simonetta Vespucci -atribuido a Boticelli o a Piero Di Cósimo-, dama genovesa del S. XV, la más bella del Renacimiento, que habiendo nacido en Génova, vivió en Florencia, donde falleció de tuberculosis, ¿qué podemos sentir?, solo la emoción estética, ¿el síndrome de Stendhal?, sí, parece ser que ante su contemplación se producen cada año más de veinte casos de desvanecimientos. ¿Pero qué es el síndrome de Stendhal? Se trata de la aparición de una serie de síntomas psicosomáticos, intensos, que aparecen ante la contemplación de la belleza, es como sentirse abrumados por la emoción que produce la perfección y la hermosura, se puede elevar el ritmo cardiaco, tener palpitaciones, mareos, sudores o presión en pecho. Es una reacción ante la acumulación de sensaciones ante la contemplación de algo bello, es el goce estético, que acaba produciendo un fuerte malestar físico. El objeto artístico o la naturaleza hermosa y el continuado deleite estético que pueden producir seduce hasta dejar apresado al cuerpo. Stendhal (Henri-Marie Beyle) escritor francés, admirador del arte y agudo analista de la psicología humana, experimentó en 1817 esta sensación cuando visitaba la Basílica de la Santa Crocce en Florencia, no solo ante la propia Basílica sino también ante las tumbas de Maquiavelo, de Galileo, de Miguel Ángel y de Danta Alighieri.

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