Opinión | Las cuentas de la vida
PISA y el pensamiento creativo
La OCDE nos ha vuelto a obsequiar con uno de sus habituales informes PISA: esta vez para evaluar la «creatividad», concepto tan de moda como sospechoso de no significar nada distinto a lo que nos imponen las tendencias del momento. Como España ha salido razonablemente bien parada –al menos, esta vez no hemos suspendido–, uno se pregunta en qué se puede ser creativo si no hay un acopio de conocimientos previos sobre los que innovar. ¿En relación a qué se mide la creatividad? Sucede igual que con el llamado «pensamiento crítico», convertido en otro de los eslóganes más socorridos de nuestro tiempo. Ser crítico hoy consiste básicamente en seguir la última corriente ideológica, hasta que cambie de orientación y pase al olvido. «Nos asfixiamos entre gente que cree tener toda la razón», decía Albert Camus. En ese tener toda la razón estriba el pensamiento crítico, porque lógicamente nadie es crítico con la verdad ni con la razón.
En fin, la crítica y la creatividad tienen un denominador común: el conocimiento. Sin conocimientos amplios y diversos no hay comprensión lectora. Y, a su vez, sin memoria no hay posibilidad de relacionar ideas distintas ni de establecer comparaciones. La vieja enseñanza basada en «aprender de corazón» –es decir, de memoria– abría puertas insospechadas a la razón. Sin la memorización, resulta imposible percibir los ecos e influencias de los antiguos sobre los modernos. Decía Joubert, en un célebre aforismo, que «se precisan muchas voces para escuchar una sola voz», lo cual es a la vez un elogio de la diversidad de lenguas en Pentecostés y una advertencia acerca de la ignorancia. En efecto, para crear hace falta que nos habiten muchas voces y que añadamos a la nuestra una pluralidad de registros. Contaba Javier Marías que el privilegio del traductor consiste en sumar nuevas voces a la suya propia –la de Shakespeare y la de Conrad, por centrarnos en su caso–, de modo que cuando necesitemos una de ellas podamos recuperarla a voluntad porque ya es nuestra. A partir de esa tierra cultivada, se crean nuevos mundos, se trazan límites y se amplían horizontes.
Por ello mismo, una pedagogía de la creatividad que no cuente con la memoria supone un sinsentido. No hablo de una memoria mecánica, fijada con un set de respuestas ni de la estupidez de los exámenes test. Pienso en otra memoria: en la memoria de la narrativa; la que emerge de los grandes libros, de los relatos históricos, de la filosofía; la que abre puertas en lugar de cerrarlas; la que propone preguntas y tantea respuestas; la memoria políglota, por así decirlo.
De ahí mi escepticismo hacia PISA. Sus resultados sólo se explican por la desmemoria generalizada que se ha ido imponiendo al ritmo de las exigencias cuantitativas con que los economistas han ido erosionando la calidad educativa. No es extraño que Corea y Singapur dominen el ranking internacional: dos países modernos en sus propuestas (piensen, por ejemplo, en el currículum de Matemáticas que se aplica en Singapur), pero también conservadores, exigentes y partidarios del aprendizaje memorístico. Singapur, además, lleva tiempo aplicando ambiciosas políticas públicas como el «Movimiento Nacional de Lectura». Sin memoria narrativa no hay futuro. Sin conocimientos fuertes, tampoco. El resto –la creatividad, el pensamiento crítico…–, diríamos que vienen por añadidura.
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