Opinión

¿Está muy lejos Japón?

Los apóstoles del buen rollo que son No me pises que llevo chanclas hace años que lo cantan: «está mu leho Japón...». Es un despelote escuchar a Pepe Begines negándose a viajar hasta allí y quejándose de que, si quieres ver ese país en una bola del mundo, le tienes que dar la vuelta entera. Y será por la lejanía o porque tenemos culturas tan antagónicas, pero siempre me interesan las noticias que llegan de Japón. Por ejemplo, que el ayuntamiento de Tokio haya puesto en marcha una especie de Tinder local para fomentar el crecimiento de la natalidad. La verdad es que los datos demográficos son los más bajos desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y eso es preocupante; aunque tampoco alcanzo a entender cómo se garantiza la descendencia a partir de un match provocado. Hombre, es verdad que hay más posibilidades porque el roce no solo hace el cariño; también hace niños.

Pero lo que me alucina -y eso no es privativo de Japón- es la urgencia de encender relaciones que antes fluían sin necesidad de estímulos digitales. Debe haberme pillado mayor, pero que en la era de la hipercomunicación parezca que estemos más aislados que nunca, me sigue chocando. Y además hay otra noticia que me suena a aviso para navegantes. El Gobierno japonés, que nunca ha sido muy receptivo a la llegada de inmigrantes, decidió hace años que el sector asistencial, estratégico para un país que ostenta el récord de longevidad, quedara en manos (¿manos?) de los robots. De repente, abuelos y abuelas amanecieron en compañía de humanoides capaces de ayudar en funciones básicas como el baño, el ejercicio o la alimentación. Pero una década después se impone la realidad: las máquinas generan más problemas que los que solucionan. Y lo más importante: parece una locura a gran escala invertir millones en robots enfermeros cuando ese mismo trabajo podrían hacerlo personas, inmigrantes, sí, pero con menor coste económico y con mayor aportación emocional. Debe ser un país fascinante, pero a veces me alegro de que Japón nos caiga tan lejos. Aunque aquí, en algunas cosas, tampoco estemos para tirar cohetes.

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