Opinión | Tribuna

Massage

Personas en la playa de Can Pere Antoni preparándose para celebrar la noche de san Juan.

Personas en la playa de Can Pere Antoni preparándose para celebrar la noche de san Juan. / Manu Mielniezuk

No fueron las hogueras de San Juan de esta noche, ni el solsticio del verano del jueves. La época estival quedó inaugurada hace unas semanas en Playa de Palma a través del inicio de la venta ambulante de servicios para la «insalud pública». Tumbada en la arena boca abajo vi dos pies menudos y bronceados, con la pedicura de Shrek antes de la edición mágica de DreamWorks, metidos en unas chanclas de tira y a escasos centímetros de mi frente. Una voz endeble femenina decía insistentemente desde arriba: «¿Masayi?, ¿masayi?». Pese a que lucía mi senalla en la arena, posiblemente me confundieron con alguna turista, porque fue un asedio al que no sometieron a la no tan rubia pareja española de al lado.

Sí, allí estaban ellas trabajando sin esa profesión y seguramente también estarían ellos detrás, ejerciendo un proxenetismo del negocio masajístico. Una horda de mujeres algo cansadas, de origen asiático y estratégicamente separadas, peinaban la playa ofreciendo sus masajes/massages/masayis. Parapetadas en ropas y un sombrero de paja se protegían del sol y de la gente playera especialmente borde, que tan bien comprendo, sobre todo cuando les espetan un sonoro «¡nooooo!» a la tercera misma pregunta con la que las pseudomasajistas insisten mediante un trisílabo inquietante: «¿massage?».

Se les oye como una melodía que va encadenándose. Cuando una acaba justo de preguntar, se oye a otra mujer a lo lejos y en diagonal que formula la misma propuesta. Incautos turistas, creyéndose merecedores en sus vacaciones de un masaje (cualquiera), acceden encantados a ser tocados por unas manos aceitosas que antes de ponerse en sus hombros han masajeado los pies de alguien unos metros antes, poniendo especial esmero en la zona interdigital. Me imagino entonces, desde mi toalla, como una energúmena en silencio y poniendo cara de asco, una propagación descontrolada de hongos e infecciones en la piel de todas las personas masajeadas y de sus familiares también. Como una playandemia.

Seguimos. Más allá, vienen otros masajes intensos hechos con la yema de los dedos sin ningún tipo de orden, van de aquí para allá, sobre una piernas llenas de varices, para culminar después, de manera sospechosamente sosegada y ya con toda la palma de la mano, en la zona de las ingles. Alzo mi cabeza para comprobar el final, que no es otro que pagar.

Una vez tocados pies, nalgas, ingles y espaldas, se dirigen a la orilla a hacerse un somero lavado de manos para quitarse su aceite, ese que cuidadosamente llevan tapado en una bolsa de plástico del súper 50 veces más grande que el frasco. Por supuesto, siempre hay un niña, como aquella inocente cría que mencionó Rajoy, que ante los ojos de sus orgullosos padres juega plácidamente con sus cubos, moldes y rastrillos, completamente embadurnada de protector solar de marca con una cobertura de +50 SPF y una gorrita con visera, mientras le llega el «elixir de la vida» que fue desprendido antes de las manos de la mujer, en la siguiente ola.

No quisiera ser dermatóloga, fisioterapeuta o quiromasajista tendida en la playa. Supongo que se les debe girar el estómago cuando ven esto. ¡Ainss! ¡Qué bello es el verano y sus intrusos!